martes, 6 de enero de 2015

Los Muertos (James Joyce)

James Augustine Aloysius Joyce 
(Dublín, 2 de febrero de 1882 – Zúrich, 13 de enero de 1941)

Dublineses (en inglés, Dubliners) es una colección de quince relatos cortos del escritor irlandés James Joyce. Tras diversas vicisitudes, se publicó en 1914. Los quince relatos, que en principio habían sido solo doce, constituyen una representación realista, y aun naturalista, en ocasiones sutilmente burlona, de las clases media y baja irlandesas, en el Dublín de los primeros años del siglo XX.

Los Muertos. Gabriel Conroy acude con su mujer a una celebración en casa de sus tías. Al final de la noche, tras una revelación sentimental de su mujer, medita a solas sobre el sinsentido de la vida. Con más de 15.000 palabras, este cuento también ha sido considerado novela corta. Fue llevado al cine, en 1987, por el 
director John Huston, en la que sería su última película.




Los Muertos
Publicado en Dublineses (1914)


Lily, la hija del encargado, tenía los pies literalmente muer­tos. No había todavía acabado de hacer pasar a un invitado al cuarto de desahogo, detrás de la oficina de la planta baja, para ayudarlo a quitarse el abrigo, cuando de nuevo sonaba la quejumbrosa campana de la puerta y tenía que echar a correr por el zaguán vacío para dejar entrar a otro. Era un alivio no tener que atender también a las invitadas. Pero Miss Kate y Miss Julia habían pensado en eso y convirtieron el baño de arriba en un cuarto de señoras. Allá estaban Miss Kate y Miss Julia, riéndose y chismeando y ajetreándose una tras la otra hasta el rellano de la escalera, para mirar abajo y pre­guntar a Lily quién acababa de entrar.


El baile anual de las Morkan era siempre la gran ocasión. Venían todos los conocidos, los miembros de la familia, los viejos amigos de la familia, los integrantes del coro de Julia, cualquier alumna de Kate que fuera lo bastante mayorcita y hasta alumnas de Mary Jane también. Nunca quedaba mal. Por años -y años y tan atrás como se tenía memoria había resultado una ocasión lucida; desde que Kate y Julia, cuando murió su hermano Pat, dejaron la casa de Stoney Batter y se llevaron a Mary Jane, la única sobrina, a vivir con ellas en la sombría y espigada casa de la isla de Usher, cuyos altos alquilaban a Mr Fulham, un comerciante en granos que vivía en los bajos. Eso ocurrió hace sus buenos treinta años. Mary Jane, entonces una niñita vestida de corto, era ahora el principal sostén de la casa, ya que tocaba el órgano en Haddington Road. Había pasado por la Academia y daba su concierto anual de alumnas en el salón de arriba de las Antiguas Salas de Concierto. Mu­chas de sus alumnas pertenecían a las mejores familias de la ruta de Kingstown y Dalkey. Sus tías, aunque viejas, contri­buían con lo suyo. Julia, a pesar de sus canas, todavía era la primera soprano de Adán y Eva, la iglesia, y Kate, muy deli­cada para salir afuera, daba lecciones de música a principiantes en el viejo piano vertical del fondo. Lily, la hija del encargado, les hacía la limpieza. Aunque llevaban una vida modesta les gustaba comer bien; lo mejor de lo mejor: costillas de riñonada, té de a tres chelines y stout embotellado del bueno. Pero Lily nunca hacía un mandado mal, por lo que se llevaba muy bien con las señoritas. Eran quisquillosas, eso es todo. Lo único que no soportaban era que les contestaran.

Claro que tenían razón para dar tanta lata en una noche así, pues eran más de las diez y ni señas de Gabriel y su es­posa. Además, que tenían muchísimo miedo de que Freddy Malins se les apareciera tomado. Por nada del mundo querían que las alumnas de Mary Jane lo vieran en ese estado; y cuan­do estaba así era muy difícil de manejar, a veces. Freddy Ma­lins llegaba siempre tarde, pero se preguntaban por qué se demoraría Gabriel: y era eso lo que las hacía asomarse a la escalera para preguntarle a Lily si Gabriel y Freddy habían llegado.

-Ah, Mr Conroy -le dijo Lily a Gabriel cuando le abrió la puerta-, Miss Kate y Miss Julia creían que usted ya no venía. Buenas noches, Mrs Conroy.

-Me apuesto a que creían eso -dijo Gabriel-, pero es que se olvidaron que acá mi mujer se toma tres horas mortales para vestirse.

Se paró sobre el felpudo a limpiarse la nieve de las galo­chas, mientras Lily conducía a la mujer al pie de la escalera y gritaba:

-Miss Kate, aquí está Mrs Conroy.

Kate y Julia bajaron enseguida la oscura escalera dando tumbos. Las dos besaron a la esposa de Gabriel, le dijeron que debía estar aterida en vida y le preguntaron si Gabriel había venido con ella.

-Aquí estoy, tía Kate, ¡sin un rasguño! Suban ustedes que yo las alcanzo -gritó Gabriel desde la oscuridad.

Siguió limpiándose los pies con vigor mientras las tres mu­jeres subían las escaleras, riendo, hacia el cuarto de vestir. Una leve franja de nieve reposaba sobre los hombros del abrigo, como una esclavina, y como una pezuña sobre el empeine de las galochas; y al deslizar los botones con un ruido crispante por los ojales helados del abrigo, de entre sus pliegues y do­bleces salió el vaho fragante del descampado.

-¿Está nevando otra vez, Mr Conroy? -preguntó Lily. Se le había adelantado hasta el cuarto de desahogo para ayudarlo a quitarse el abrigo y Gabriel sonrió al oír que añadía una sílaba más a su apellido. Era una muchacha delgada que aún no había parado de crecer, de tez pálida y pelo color de paja. El gas del cuartico la hacía lucir lívida. Gabriel la cono­ció siendo una niña que se sentaba en el último escalón a acunar su muñeca de trapo.
-Sí, Lily -le respondió-, y me parece que tenemos para toda la noche.

Miró al cielo raso, que temblaba con los taconazos y el deslizarse de pies en el piso de arriba, atendió un momento al piano y luego echó una ojeada a la muchacha, que ya doblaba su abrigo con cuidado al fondo del estante.

-Dime, Lily -dijo en tono amistoso-, ¿vas todavía a la escuela?

-Oh, no, señor -respondió ella-, ya no más y nunca.

-Ah, pues entonces -dijo Gabriel, jovial-, supongo que un día de estos asistiremos a esa boda con tu novio, ¿no?

La muchacha lo miró esquinada y dijo con honda amar­gura:

-Los hombres de ahora no son más que labia y lo que puedan echar mano.
Gabriel se sonrojó como si creyera haber cometido un error y, sin mirarla, se sacudió las galochas de los pies y con su bufanda frotó fuerte sus zapatos de charol.

Era un hombre joven, más bien alto y robusto. El color encarnado de sus mejillas le llegaba a la frente, donde se re­gaba en parches rojizos y sin forma; y en su cara desnuda bri­llaban sin cesar los lentes y los aros de oro de los espejuelos que amparaban sus ojos inquietos y delicados. Llevaba el bri­llante pelo negro partido al medio y peinado hacia atrás en una larga curva por detrás de las orejas, donde se ondeaba leve debajo de la estría que le dejaba marcada el sombrero. Cuando le sacó bastante brillo a los zapatos, se enderezó y se ajustó el chaleco tirando de él por sobre el vientre rollizo. Luego extrajo con rapidez una moneda del bolsillo.

-Ah, Lily -dijo, poniéndosela en la mano-, es Navi­dad, ¿no es cierto? Aquí tienes… esto…
Caminó rápido hacia la puerta.

-¡Oh, no, señor! -protestó la muchacha, cayéndole de­trás-. De veras, señor, no creo que deba.

-¡Es Navidad! ¡Navidad! -dijo Gabriel, casi trotando hasta las escaleras y moviendo sus manos hacia ella indicando que no tenía importancia.

La muchacha, viendo que ya había ganado la escalera, gritó tras él:

-Bueno, gracias entonces, señor.

Esperaba fuera a que el vals terminara en la sala, escu­chando las faldas y los pies que se arrastraban, barriéndola. Todavía se sentía desconcertado por la súbita y amarga ré­plica de la muchacha, que lo entristeció. Trató de disiparlo arreglándose los puños y el lazo de la corbata. Luego, sacó del bolsillo del chaleco un papelito y echó una ojeada a la lista de temas para su discurso. Se sentía indeciso sobre los versos de Robert Browning porque temía que estuvieran muy por enci­ma de sus oyentes. Sería mejor una cita que pudieran recono­cer, de Shakespeare o de las Melodías de Thomas Moore. El grosero claqueteo de los tacones masculinos y el arrastre de suelas le recordó que el grado de cultura de ellos difería del suyo. Haría el ridículo si citaba poemas que no pudieran en­tender. Pensarían que estaba alardeando de su cultura. Come­tería un error con ellos como el que cometió con la muchacha en el cuarto de desahogo. Se equivocó de tono. Todo su dis­curso estaba equivocado de arriba a abajo. Un fracaso total.

Fue entonces que sus tías y su mujer salieron del cuarto de vestir. Sus tías eran dos ancianas pequeñas que vestían con sencillez. Tía Julia era como una pulgada más alta. Llevaba el pelo gris hacia atrás, en un moño a la altura de las orejas; y gris también, con sombras oscuras, era su larga cara flácida. Aunque era robusta y caminaba erguida, los ojos lánguidos y los labios entreabiertos le daban la apariencia de una mujer que no sabía dónde estaba ni a dónde iba. Tía Kate se veía más viva. Su cara, más saludable que la de su hermana, era toda bultos y arrugas, como una manzana roja pero fruncida, y su pelo, peinado también a la antigua, no había perdido su color de castaña madura.

Las dos besaron a Gabriel, cariñosas. Era el sobrino pre­ferido, hijo de la hermana mayor, la difunta Ellen, la que se casó con T. J. Conroy, de los Muelles del Puerto.

-Gretta me acaba de decir que no vas a regresar en co­che a Monkstown esta noche, Gabriel -dijo tía Kate.

-No -dijo Gabriel, volviéndose a su esposa-, ya tuvi­mos bastante con el año pasado, ¿no es así? ¿No te acuerdas, tía Kate, el catarro que cogió Gretta entonces? Con las puertas del coche traqueteando todo el viaje y el viento del este dán­donos de lleno en cuanto pasamos Merrion. Lindísimo. Gretta cogió un catarro de lo más malo.

Tía Kate fruncía el ceño y asentía a cada palabra.

-Muy bien dicho, Gabriel, muy bien dicho -dijo-. No hay que descuidarse nunca.
-Pero en cuanto a Gretta -dijo Gabriel-, ésta es ca­paz de regresar a casa a pie por entre la nieve, si por ella fuera. Mrs Conroy sonrió.

-No le haga caso, tía Kate -dijo-, que es demasiado precavido: obligando a Tom a usar visera verde cuando lee de noche y a hacer ejercicios, y forzando a Eva a comer potaje. ¡Pobrecita! ¡Que no lo puede ni ver!… Ah, ¿pero a que no adivinan lo que me obliga a llevar ahora?

Se deshizo en carcajadas mirando a su marido, cuyos ojos admirados y contentos, iban de su vestido a su cara y su pelo. Las dos tías rieron también con ganas, ya que la solicitud de Gabriel formaba parte del repertorio familiar.

-¡Galochas! -dijo Mrs Conroy-. La última moda. Cada vez que está el suelo mojado tengo que llevar galochas. Quería que me las pusiera hasta esta noche, pero de eso nada. Si me descuido me compra un traje de bañista.

Gabriel se rió nervioso y, para darse confianza, se arregló la corbata, mientras que tía Kate se doblaba de la risa de tanto que le gustaba el cuento. La sonrisa desapareció enseguida de la cara de tía Julia y fijó sus ojos tristes en la cara de su so­brino. Después de una pausa, preguntó:

-¿Y qué son galochas, Gabriel?

-¡Galochas, Julia! -exclamó su hermana-. Santo cielo, ¿tú no sabes lo que son galochas? Se ponen sobre los… sobre las botas, ¿no es así, Gretta?

-Sí -dijo Mrs Conroy-. Unas cosas de gutapercha. Los dos tenemos un par ahora. Gabriel dice que todo el mundo las usa en el continente.

-Ah, en el continente -murmuró tía Julia, moviendo la cabeza lentamente.
Gabriel frunció las cejas y dijo, como si estuviera en­fadado:

-No son nada del otro mundo, pero Gretta cree que son muy cómicas porque dice que le recuerdan a los minstrels ne­gros de Christy.

-Pero dime, Gabriel -dijo tía Kate, con tacto brusco-. Claro que te ocupaste del cuarto. Gretta nos contaba que…

-Oh, lo del cuarto está resuelto -replicó Gabriel-. Tomé uno en el Gresham.

-Claro, claro –dijo tía Kate-, lo mejor que podías ha­ber hecho. Y los niños, Gretta, ¿no te preocupan?

-Oh, no es más que por una noche -dijo Mrs Conroy-. Además, que Bessie los cuida.
-Claro, claro –dijo tía Kate de nuevo-. ¡Qué comodi­dad tener una muchacha así, en quien se puede confiar! Ahí tienen a esa Lily, que no sé lo que le pasa últimamente. No es la de antes.

Gabriel estuvo a punto de hacerle una pregunta a su tía sobre este asunto, pero ella dejó de prestarle atención para observar a su hermana, que se había escurrido escaleras aba­jo, sacando la cabeza por sobre la baranda.

-Ahora dime tú -dijo ella, como molesta-, ¿dónde irá Julia ahora? ¡Julia! ¡Julia! ¿Dónde vas tú?

Julia, que había bajado más de media escalera, regresó a decir, zalamera:

-Ahí está Freddy.

En el mismo instante unas palmadas y un floreo final del piano anunció que el vals acababa de terminar. La puerta de la sala se abrió desde dentro y salieron algunas parejas. Tía

Kate se llevó a Gabriel apresuradamente a un lado y le susu­rró al oído:

-Sé bueno, Gabriel, y vete abajo a ver si está bien y no lo dejes subir si está tomado. Estoy segura de que está toma­do. Segurísima.

Gabriel se llegó a la escalera y escuchó más allá de la ba­laustrada. Podía oír dos personas conversando en el cuarto de desahogo. Luego reconoció la risa de Freddy Malins. Bajó las escaleras haciendo ruido.

-Qué alivio –dijo tía Kate a Mrs Conroy- que Gabriel esté aquí… Siempre me siento más descansada mentalmente cuando anda por aquí… Julia, aquí están Miss Daly y Miss Power, que van a tomar refrescos. Gracias por el lindo vals, Miss Daly. Un ritmo encantador.
Un hombre alto, de cara mustia, bigote de cerdas y piel oscura, que pasaba con su pareja, dijo:

-¿Podríamos también tomar nosotros un refresco, Miss Morkan?

-Julia -dijo la tía Kate sumariamente-, y aquí están Mr Browne y Miss Furlong. Llévatelos adentro, Julia, con Miss Daly y Miss Power.

-Yo me encargo de las damas -dijo Mr Browne, apre­tando sus labios hasta que sus bigotes se erizaron para sonreír con todas sus arrugas.

-Sabe usted, Miss Morkan, la razón por la que les caigo bien a las mujeres es que…

No terminó la frase, sino que, viendo que la tía Kate estaba ya fuera de alcance, enseguida se llevó a las tres mujeres al cuarto del fondo. Dos mesas cuadradas puestas juntas ocupa­ban el centro del cuarto y la tía Julia y el encargado estiraban y alisaban un largo mantel sobre ellas. En el cristalero se veían en exhibición platos y platillos y vasos y haces de cuchillos y tenedores y cucharas. La tapa del piano vertical servía como mesa auxiliar para los entremeses y los postres. Ante un apa­rador pequeño en un rincón dos jóvenes bebían de pie maltas amargas.

Mr Browne dirigió su encomienda hacia ella y las invitó, en broma, a tomar un ponche femenino, caliente, fuerte y dul­ce. Mientras ellas protestaban no tomar tragos fuertes, él les abría tres botellas de limonada. Luego les pidió a los jóvenes que se hicieran a un lado y, tomando el frasco, se sirvió un buen trago de whisky. Los jóvenes lo miraron con respeto mientras probaba un sorbo.

-Alabado sea Dios -dijo, sonriendo-, tal como me lo recetó el médico.

Su cara mustia se extendió en una sonrisa aún más abierta y las tres muchachas rieron haciendo eco musical a su ocu­rrencia, contoneando sus cuerpos en vaivén y dando nerviosos tirones a los hombros. La más audaz dijo:


-Ah, vamos, Mr Browne, estoy segura de que el médico nunca le recetará una cosa así.
Mr Browne tomó otro sorbo de su whisky y dijo con una mueca ladeada: -Bueno, ustedes saben, yo soy como Mrs Cassidy, que dicen que dijo: Vamos, Mary Grimes, si no tomo dámelo tú, que es que lo necesito.

Su cara acalorada se inclinó hacia adelante en gesto de­masiado confidente y habló imitando un dejo de Dublín tan bajo que las muchachas, con idéntico instinto, escucharon su dicho en silencio. Miss Furlong, que era una de las alumnas de Mary Jane, le preguntó a Miss Daly cuál era el nombre de ese vals tan lindo que acababa de tocar, y Mr Browne, viendo que lo ignoraban, se volvió prontamente a los jóvenes, que podían apreciarlo mejor.

Una muchacha de cara roja y vestido violeta entró en el cuarto, dando palmadas excitadas y gritando:

-¡Contradanza! ¡Contradanza!

Pisándole los talones entró tía Kate, llamando:

-¡Dos caballeros y tres damas, Mary Jane!

-Ah, aquí están Mr Bergin y Mr Kerrigan -dijo Mary Jane.

-Mr Kerrigan, ¿quiere usted escoltar a Miss Power? Miss Furlong, ¿puedo darle de pareja a Mr Bergin? Ah, ya está bien así.

-Tres damas, Mary Jane -dijo tía Kate.
Los dos jóvenes les pidieron a sus damas que si podrí
an tener el gusto y Mary Jane se volvió a Miss Daly:

-Oh, Miss Daly, fue usted tan condescendiente al tocar las dos últimas piezas, pero, realmente, estamos tan cortas de mujeres esta noche…

-No me molesta en lo más mínimo, Miss Morkan.

-Pero le tengo un compañero muy agradable, Mr Bartell D’Arey, el tenor. Después voy a ver si canta. Dublín entero está loco por él.

-¡Bella voz, bella voz! -dijo la tía Kate.

Cuando el piano comenzaba por segunda vez el preludio de la primera figura, Mary Jane sacó a sus reclutas del salón rápidamente. No acababan de salir cuando entró al cuarto Ju­lia, lentamente, mirando hacia atrás por algo.

-¿Qué pasa, Julia? -preguntó tía Kate, ansiosa-. ¿Quién es?

Julia, que cargaba una pila de servilletas, se volvió a su hermana y dijo, simplemente, como si la pregunta la sorpren­diera:-No es más que Freddy, Kate, y Gabriel que viene con él.

De hecho detrás de ella se podía ver a Gabriel piloteando a Freddy Malins por el rellano de la escalera. El último, que tenía unos cuarenta años, era de la misma estatura y del mismo peso de Gabriel, pero de hombros caídos. Su cara era mofle­tuda y pálida, con toques de color sólo en los colgantes lóbulos de las orejas y en las anchas aletas nasales. Tenía facciones toscas, nariz roma, frente convexa y alta y labios hinchados y protuberantes. Los ojos de párpados pesados y el desorden de su escaso pelo le hacían parecer soñoliento. Se reía con ganas de un cuento que le venía haciendo a Gabriel por la escalera, al mismo tiempo que se frotaba un ojo con los nudillos del puño izquierdo.
-Buenas noches, Freddy -dijo tía Julia.

Freddy Malins dio las buenas noches a las señoritas Mor­kan de una manera que pareció desdeñosa a causa del tono habitual de su voz y luego, viendo que Mr Browne le sonreía desde el aparador, cruzó el cuarto con paso vacilante y empe­zó de nuevo el cuento que acababa de hacerle a Gabriel. -No se ve tan mal, ¿no es verdad? -dijo la tía Kate a Gabriel.

Las cejas de Gabriel venían fruncidas, pero las despejó enseguida para responder:
-Oh, no, ni se le nota.

-¡Es un terrible! -dijo ella-. Y su pobre madre que lo obligó a hacer una promesa el Fin de Año. Pero, por qué no pasamos al salón, Gabriel.

Antes de dejar el cuarto con Gabriel, tía Kate le hizo señas a Mr Browne, poniendo mala cara y sacudiendo el dedo índice. Mr Browne asintió y, cuando ella se hubo ido, le dijo a Fred­dy Malins:

-Vamos a ver, Teddy, que te voy a dar un buen vaso de limonada para entonarte.

Freddy Malins, que estaba acercándose al desenlace de su cuento, rechazó la oferta con un gesto impaciente, pero Mr Browne, después de haberle llamado la atención sobre lo desgarbado de su atuendo, le llenó un vaso de limonada y se lo entregó. Freddy Malins aceptó el vaso mecánicamente con la mano izquierda, mientras que su mano derecha se encargaba de ajustar sus ropas mecánicamente. Mr Browne, cuya cara se colmaba de regocijadas arrugas, se llenó un vaso de whisky mientras Freddy Malins estallaba, antes de llegar al momento culminante de su historia, en una explosión de carcajadas bron­quiales y, dejando a un lado su vaso rebosado sin tocar, em­pezó a frotarse los nudillos de su mano izquierda sobre un ojo, repitiendo las palabras de su última frase cuando se lo permitía el ataque de risa.
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Gabriel no soportaba la pieza que tocaba ahora Mary Jane, tan académica, llena de glissandi y de pasajes difíciles para un público respetuoso. Le gustaba la música, pero la pie­za que ella tocaba no tenía melodía, según él, y dudaba que la tuviera para los demás oyentes, aunque le hubieran pedido a Mary Jane que les tocara algo. Cuatro jóvenes, que vinieron del refectorio a pararse en la puerta tan pronto como empezó a sonar el piano, se alejaron de dos en dos y en silencio des­pués de unos acordes. Las únicas personas que parecían seguir la música eran Mary Jane, cuyas manos recorrían el teclado o se alzaban en las pausas como las de una sacerdotisa en una imprecación momentánea, y tía Kate, de pie a su lado vol­teando las páginas.

Los ojos de Gabriel, irritados por el piso que brillaba en­cerado debajo del macizo candelabro, vagaron hasta la pared sobre el piano. Colgaba allí un cromo con la escena del balcón de Romeo y Julieta, junto a una reproducción del asesinato de los principitos en la Torre que tía Julia había bordado en lana roja, azul y carmelita cuando niña. 

Probablemente les enseña­ban a hacer esa labor en la escuela a que fueron de niñas, por­que una vez su madre le bordó, para cumpleaños, un chaleco en tabinete púrpura con cabecitas de zorro, festoneado de raso castaño y con botones redondos imitando moras. Era raro que su madre no tuviera talento musical porque tía Kate acostum­braba a decir que era el cerebro de la familia Morkan. Tanto ella como Julia habían parecido siempre bastante orgullosas de su hermana, tan matriarcal y tan seria. Su fotografía se veía delante del tremó. Tenía un libro abierto sobre las rodillas y le señalaba algo en él a Constantine que, vestido de marino, estaba tumbado a sus pies. Fue ella quien puso nombre a sus hijos, sensible como era al protocolo familiar. Gracias a ella, Constantine era ahora el cura párroco de Balbriggan y, gracias a ella, Gabriel pudo graduarse en la Universidad Real. Una sombra pasó sobre su cara al recordar su amarga oposición a su matrimonio. Algunas frases peyorativas que usó vibraban todavía en su memoria; una vez dijo que Gretta era una rubia rural y no era verdad, nada. Fue Gretta quien la atendió solí­cita durante su larga enfermedad final en la casa de Monks­town.

Sabía que Mary Jane debía de andar cerca del final de la pieza porque estaba tocando otra vez la melodía del comienzo con sus escalas sucesivas después de cada compás y mientras esperó a que acabara, el resentimiento se extinguió en su cora­zón. La pieza terminó con un trino de octavas agudas y una octava final grave. Atronadores aplausos acogieron a Mary Jane al ruborizarse mientras enrollaba nerviosamente la parti­tura y salió corriendo del salón. Las palmadas más fuertes procedían de cuatro muchachones parados en la puerta, los mismos que se fueron a refrescar cuando empezó la pieza y que regresaron tan pronto el piano se quedó callado.

Alguien organizó una danza de lanceros y Gabriel se en­contró de pareja con Miss Ivors. Era una damita franca y ha­bladora, con cara pecosa y grandes ojos castaños. No llevaba escote y el largo broche al frente del cuello tenía un motivo irlandés.

Cuando ocuparon sus puestos ella dijo de pronto: -Tiene usted una cuenta pendiente conmigo.

-¿Yo? -dijo Gabriel.

Ella asintió con gravedad.

-¿Qué cosa es? -preguntó Gabriel, sonriéndose ante su solemnidad.

-¿Quién es G. C.? -respondió Miss Ivors, volviéndose hacia él.

Gabriel se sonrojó y ya iba a fruncir las cejas, como si no hubiera entendido, cuando ella le dijo abiertamente:

-¡Ay, inocente Amy! Me enteré de que escribe usted para el Dady Express. Y bien, ¿no le da vergüenza?

-¿Y por qué me iba a dar? -preguntó Gabriel, pesta­ñeando, tratando de sonreír.

-Bueno, a mí me da pena -dijo Miss Ivors con franque­za-. Y pensar que escribe usted para ese bagazo. No sabía que se había vuelto usted pro-inglés.

Una mirada perpleja apareció en el rostro de Gabriel. Era verdad que escribía una columna literaria en el Daily Express los miércoles. Pero eso no lo convertía en pro-inglés. Los li­bros que le daban a criticar eran casi mejor bienvenidos que el mezquino cheque, ya que le deleitaba palpar la cubierta y ho­jear las páginas de un libro recién impreso. Casi todos los días, no bien terminaba las clases en el instituto, solía recorrer el malecón en busca de las librerías de viejo, y se iba a Hickey’s en el Paseo del Soltero y a Webb’s o a Massey’s en el muelle de Aston o a O’Clohissey’s en una calle lateral. No supo cómo afrontar la acusación. Le hubiera gustado decir que la litera­tura está muy por encima de los trajines políticos. Pero eran amigos de muchos años, con carreras paralelas en la universi­dad primero y después de maestros: no podía, pues, usar con ella una frase pomposa. Siguió pestañeando y tratando de son­reír hasta que murmuró apenas que no veía nada político en hacer crítica de libros.

Cuando les llegó el turno de cruzarse todavía estaba dis­traído y perplejo. Miss Ivors tomó su mano en un apretón cá­lido y dijo en tono suavemente amistoso:

-Por supuesto, no es más que una broma. Venga, que nos toca cruzar ahora.

Cuando se juntaron de nuevo ella habló del problema uni­versitario y Gabriel se sintió más cómodo. Un amigo le había enseñado a ella su crítica de los poemas de Browning. Fue así como se enteró del secreto: pero le gustó muchísimo la críti­ca. De pronto dijo:

-Oh, Mr Conroy, ¿por qué no viene en nuestra excur­sión a la isla de Arán este verano? Vamos a pasar allá un mes. Será espléndido estar en pleno Atlántico. Debía venir. Vienen Mr Clancy y Mr Kilkely y Kathleen Kearney. Sería formidable que Gretta viniera también. Ella es de Connacht, ¿no?

-Su familia -dijo Gabriel, corto.

-Pero vendrán los dos, ¿no es así? -dijo Miss Ivors, posando una mano cálida sobre su brazo, ansiosa.

-Lo cierto es que -dijo Gabriel- yo he quedado en ir…

-¿A dónde? -preguntó Miss Ivors.

-Bueno, ya sabe usted que todos los años hago una gira ciclística con varios compañeros, así que…

-Pero, ¿por dónde? -preguntó Miss Ivors.

-Bueno, casi siempre vamos por Francia o Bélgica, tal vez por Alemania -dijo Gabriel torpemente.

-¿Y por qué va usted a Francia y a Bélgica -dijo Miss Ivors- en vez de visitar su propio país?
-Bueno -dijo Gabriel-, en parte para mantenerme en contacto con otros idiomas y en parte por dar un cambio.

-¿Y no tiene usted su propio idioma con que mantenerse en contacto, el irlandés? -le preguntó Miss Ivors.

-Bueno -dijo Gabriel-, en ese caso el irlandés no es mi lengua, como sabe.

Sus vecinos se volvieron a escuchar el interrogatorio. Ga­briel miró a diestra y siniestra, nervioso, y trató de mantener su buen humor durante aquella inquisición que hacía que el rubor le invadiera la frente.

-¿Y no tiene usted su tierra natal que visitar -siguió Miss Ivors-, de la que no sabe usted nada, su propio pue­blo, su patria?

-Pues a decir verdad -replicó Gabriel súbitamente-, estoy harto de este país, ¡harto!
-¿Y por qué? -preguntó Miss Ivors.

Gabriel no respondió: su réplica lo había alterado. -¿Por qué? -repitió Miss Ivors.

Tenían que hacer la ronda de visitas los dos ahora y, como todavía no había él respondido, Miss Ivors le dijo, muy aca­lorada:

-Por supuesto, no tiene qué decir.

Gabriel trató de ocultar su agitación entregándose al baile con gran energía. Evitó los ojos de ella porque había notado una expresión agria en su cara. Pero cuando se encontraron
de nuevo en la cadena, se sorprendió al sentir su mano apretar firme la suya. Ella lo miró de soslayo con curiosidad momen­tánea hasta que él sonrió. Luego, como la cadena iba a tren­zarse de nuevo, ella se alzó en puntillas y le susurró al oído:

-¡Pro inglés!

Cuando la danza de lanceros acabó, Gabriel se fue al rin­cón más remoto del salón donde estaba sentada la madre de Freddy Malins. Era una mujer rechoncha y fofa y blanca en
canas. Tenía la misma voz tomada de su hijo y tartamudeaba bastante. Le habían asegurado que Freddy había llegado y que estaba bastante bien. Gabriel le preguntó si tuvo una buena travesía. Vivía con su hija casada en Glasgow y venía a Dublín de visita una vez al año. Respondió plácidamente que había sido un viaje muy lindo y que el capitán estuvo de lo más atento. También habló de la linda casa que su hija tenía en Glasgow y de los buenos amigos que tenían allá. Mientras ella le daba a la lengua Gabriel trató de desterrar el recuerdo del desagradable incidente con Miss Ivors. Por supuesto que la muchacha o la mujer o lo que fuese era una fanática, pero había un lugar para cada cosa. Quizá no debió él responderle como lo hizo. Pero ella no tenía derecho a llamarlo pro inglés delante de la gente, ni aun en broma. Trató de hacerlo quedar en ridículo delante de la gente, acuciándolo y clavándole sus ojos de conejo.

Vio a su mujer abriéndose paso hacia él por entre las pa­rejas que valsaban. Cuando llegó a su lado le dijo al oído: -Gabriel, tía Kate quiere saber si no vas a trinchar el ganso como de costumbre. Miss Daly va a cortar el jamón y yo voy a ocuparme del pudín.

-Está bien -dijo Gabriel.

-Van a dar de comer primero a los jóvenes, tan pronto como termine este vals, para que tengamos la mesa para nos­otros solos.

-¿Bailaste? -preguntó Gabriel.

-Por supuesto. ¿No me viste? ¿Tuviste tú
 unas palabras con Molly Ivors por casualidad?
-Ninguna. ¿Por qué? ¿Dijo ella eso?

-Más o menos. Estoy tratando de hacer que Mr D’Arcy cante algo. Me parece que es de lo más vanidoso.

-No cambiamos palabras -dijo Gabriel, irritado-, sino que ella quería que yo fuera a Irlanda del oeste, y le dije que no. Su mujer juntó las manos, excitada, y dio un saltico: 

-¡Oh, vamos, Gabriel! -gritó-. Me encantaría volver a Galway de nuevo.

-Ve tú si quieres -dijo Gabriel fríamente.

Ella lo miró un instante, se volvió luego a Mrs Malins y dijo:-Eso es lo que se llama un hombre agradable, Mrs Malins.

Mientras ella se escurría a través del salón, Mrs Malins, como si no la hubieran interrumpido, siguió contándole a Ga­briel sobre los lindos lares de Escocia y sus escenarios natu­rales, preciosos. Su yerno las llevaba cada año a los lagos y salían de pesquería. Un día cogió él un pescado, lindísimo, así de grande, y el hombre del hotel se lo guisó para la cena.

Gabriel ni oía lo que ella decía. Ahora que se acercaba la hora de la comida empezó a pensar de nuevo en su discurso y en las citas. Cuando vio que Freddy Malins atravesaba el salón para venir a ver a su madre, Gabriel le dio su silla y se retiró al poyo de la ventana. El salón estaba ya vacío y del cuarto del fondo llegaba un rumor de platos y cubiertos. Los pocos que quedaban en la sala parecían hartos de bailar y conversaban quedamente en grupitos. Los cálidos dedos temblorosos de Gabriel repicaron sobre el frío cristal de la ventana. ¡Qué fresco debía hacer fuera! ¡Lo agradable que sería salir a caminar solo por la orilla del río y después atravesar el parque! La nieve se veía amontonada sobre las ramas de los árboles y poniendo un gorro refulgente al monumento a Wellington. ¡Cuánto más gra­to sería estar allá fuera que cenando!

Repasó los temas de su discurso: la hospitalidad irlandesa, tristes recuerdos, las Tres Gracias, Paris, la cita de Browning. Se repitió una frase que escribió en su crítica: Uno siente que escucha una música acuciada por las ideas. Miss Ivors había elogiado la crítica. ¿Sería sincera? ¿Tendría su vida propia oculta tras tanta propaganda? No había habido nunca animo­sidad entre ellos antes de esta ocasión. Lo enervaba pensar que ella estaría sentada a la mesa, mirándolo mientras él hablaba, con sus críticos ojos interrogantes. Tal vez no le desagradaría verlo fracasar en su discurso. Le dio valor la idea que le vino a la mente. Diría, aludiendo a tía Kate y a tía Julia: Damas y caballeros, la generación que ahora se halla en retirada entre nosotros habrá tenido sus faltas, pero por mi parte yo creo que tuvo ciertas cualidades de hospitalidad, de humor, de humani­dad, de las que la nueva generación, tan seria y supereducada, que crece ahora en nuestro seno, me parece carecer. Muy bien dicho: que aprenda Miss Ivors. ¿Qué le importaba si sus tías no eran más que dos viejas ignorantes?
Un rumor en la sala atrajo su atención. Mr Browne venía desde la puerta llevando galante del brazo a la tía Julia, que sonreía cabizbaja. Una salva irregular de aplausos la escoltó hasta el piano y luego, cuando Mary Jane se sentó en la ban­queta, y la tía Julia, dejando de sonreír, dio media vuelta para mejor proyectar su voz hacia el salón, cesaron gradualmente. Gabriel reconoció el preludio. Era una vieja canción del reper­torio de tía Julia, Ataviada para el casorio. Su voz, clara y so­nora, atacó los gorgoritos que adornaban la tonada y aunque cantó muy rápido no se comió ni una floritura. Oír la voz sin mirar la cara de la cantante era sentir y compartir la excitación de un vuelo rápido y seguro. Gabriel aplaudió ruidosamente junto con los demás cuando la canción acabó y atronadores aplausos llegaron de la mesa invisible. Sonaban tan genuinos, que algo de rubor se esforzaba por salirle a la cara a tía Julia, cuando se agachaba para poner sobre el atril el viejo cancio­nero encuadernado en cuero con sus iniciales en la portada. Freddy Malins, que había ladeado la cabeza para oírla mejor, aplaudía todavía cuando todo el mundo había dejado ya de hacerlo y hablaba animado con su madre que asentía grave y lenta en aquiescencia. Al fin, no pudiendo aplaudir más, se levantó de pronto y atravesó el salón a la carrera para llegar hasta tía Julia y tomar su mano entre las suyas, sacudiéndola cuando le faltaron las palabras o cuando el freno de su voz se hizo insoportable.

-Le estaba diciendo yo a mi madre -dijo- que nunca la había oído cantar tan bien, ¡nunca! No, nunca sonó tan bien su voz como esta noche. ¡Vaya! ¿A que no lo cree? Pero es la verdad. Palabra de honor que es la pura verdad. Nunca sonó su voz tan fresca y tan… tan clara y tan fresca, ¡nunca!

La tía Julia sonrió ampliamente y murmuró algo sobre aquel cumplido mientras sacaba la mano del aprieto. Mr Brow­ne extendió una mano abierta hacia ella y dijo a los que esta­ban a su alrededor, como un animador que presenta un por­tento a la amable concurrencia:

-¡Miss Julia Morkan, mi último descubrimiento!

Se reía con ganas de su chiste cuando Freddy Malins se volvió a él para decirle:
-Bueno, Browne, si hablas en serio podrías haber hecho otro descubrimiento peor. Todo lo que puedo decir es que nun­ca la había oído cantar tan bien ninguna de las veces que he estado antes aquí. Y es la pura verdad.

-Ni yo tampoco -dijo Mr Browne-. Creo que de voz ha mejorado mucho.

Tía Julia se encogió de hombros y dijo con tímido orgullo:

-Hace treinta años, mi voz, como tal, no era mala.

-Le he dicho a Julia muchas veces -dijo tía Kate enfá­tica- que está malgastando su talento en ese coro. Pero nunca me quiere oír.

Se volvió como si quisiera apelar al buen sentido de los demás frente a un niño incorregible, mientras tía Julia, una vaga sonrisa reminiscente esbozándose en sus labios, miraba alelada al frente.

-Pero no -siguió tía Kate-, no deja que nadie la con­venza ni la dirija, cantando como una esclava de ese coro noche y día, día y noche. ¡Desde las seis de la mañana el día de Na­vidad! ¿Y todo para qué?

-Bueno, ¿no sería por la honra del Señor, tía Kate? -preguntó Mary Jane, girando en la banqueta, sonriendo.

La tía Kate se volvió a su sobrina como una fiera y le dijo:

-¡Yo me sé muy bien qué cosa es la honra del Señor, Mary Jane! Pero no creo que sea muy honrado de parte del Papa sacar de un coro a una mujer que se ha esclavizado en él toda su vida para pasarle por encima a chiquillos malcriados. Su­pongo que el Papa lo hará por la honra del Señor, pero no es justo, Mary Jane, y no está nada bien.

Se había fermentado apasionadamente y hubiera continua­do defendiendo a su hermana porque le dolía, pero Mary Jane, viendo que los bailadores regresaban ya al salón, intervino apaciguante:

-Vamos, tía Kate, que está usted escandalizando a Mister Browne, que tiene otras creencias.

Tía Kate se volvió a Mr Browne, que sonreía ante esta alusión a su religión, y dijo apresurada:

-Oh, pero yo no pongo en duda que el Papa tenga razón.

No soy más que una vieja estúpida y no presumo de otra cosa. Pero hay eso que se llama gratitud y cortesía cotidiana en la vida. Y si yo fuera Julia iba y se lo decía al padre Healy en su misma cara…

-Y, además, tía Kate -dijo Mary Jane-, que estamos todos con mucha hambre y cuando tenemos hambre somos to­dos muy belicosos.

-Y cuando estamos sedientos también somos belicosos -añadió Mr Browne.

-Así que más vale que vayamos a cenar -dijo Mary Jane- y dejemos la discusión para más tarde.

En el rellano de la salida de la sala Gabriel encontró a su esposa y a Mary Jane tratando de convencer a Miss Ivors para que se quedara a cenar. Pero Miss Ivors, que se había puesto ya su sombrero y se abotonaba el abrigo, no se quería quedar. No se sentía lo más mínimo con apetito y, además, que ya se había quedado más de lo que debía.
-Pero si no son más que diez minutos, Molly -dijo Mrs Conroy-. No es tanta la demora.
-Para que comas un bocado -dijo Mary Jane- después de tanto bailoteo.

-No puedo, de veras -dijo Miss Ivors.

-Me parece que no lo pasaste nada bien -dijo Mary Jane, con desaliento.

-Sí, muy bien, se lo aseguro -dijo Miss Ivors-, pero ahora deben dejarme ir corriendo.
-Pero, ¿cómo vas a llegar? -preguntó Mrs Conroy.

-Oh, no son más que unos pasos malecón arriba. Gabriel dudó por un momento y dijo:

-Si me lo permite, Miss Ivors, yo la acompaño. Si de ve­ras tiene que marcharse usted.
Pero Miss Ivors se soltó de entre ellos.

-De ninguna manera -exclamó-. Por el amor de Dios vayan a cenar y no se ocupen de mí. Ya sé cuidarme muy bien.

-Mira, Molly, que tú eres rara -dijo Mrs Conroy con franqueza.

-Beannacht libh -gritó Miss Ivors, entre carcajadas, mientras bajaba la escalera.

Mary Jane se quedó mirándola, una expresión preocupada en su rostro, mientras Mrs Conroy se inclinó por sobre la ba­randa para oír si cerraba la puerta del zaguán. Gabriel se pre­guntó si sería él la causa de que ella se fuera tan abruptamen­te. Pero no parecía estar de mal humor: se había ido riéndose a carcajadas. Se quedó mirando las escaleras, distraído.

En ese momento la tía Kate salió del comedor, dando tum­bos, casi exprimiéndose las manos de desespero.

-¿Dónde está Gabriel? -gritó-. ¿Dónde es que está Gabriel? Todo el mundo está esperando ahí dentro, con todo listo; ¡y nadie que trinche el ganso!

-¡Aquí estoy yo, tía Kate! -exclamó Gabriel, con súbita animación-. Listo para trinchar una bandada de gansos si fuera necesario.

Un ganso gordo y pardo descansaba a un extremo de la mesa y al otro extremo, sobre un lecho de papel plegado ador­nado con ramitas de perejil, reposaba un jamón grande, des­pellejado y rociado de migajas, las canillas guarnecidas con primorosos flecos de papel, y justo al lado rodajas de carne condimentada. Entre estos extremos rivales corrían hileras pa­ralelas de entremeses: dos seos de gelatina, roja y amarilla; un plato llano lleno de bloques de manjar blanco y jalea roja; un largo plato en forma de hoja con su tallo como mango, donde había montones de pasas moradas y de almendras pela­das; un plato gemelo con un rectángulo de higos de Esmirna encima; un plato de natilla rebozada con polvo de nuez-mosca­da; un pequeño bol lleno de chocolates y caramelos envueltos en papel dorado y plateado; y un búcaro del que salían tallos de apio. En el centro de la mesa, como centinelas del frutero que tenía una pirámide de naranjas y manzanas americanas, ha­bía dos garrafas achatadas, antiguas, de cristal tallado, una con oporto y la otra con jerez abocado. Sobre el piano cerrado aguardaba un pudín en un enorme plato amarillo y detrás había tres pelotones de botellas de stout, de ale y de agua mineral, alineadas de acuerdo con el color de su uniforme: los primeros dos pelotones negros, con etiquetas rojas y marrón, el tercero, el más pequeño, todo de blanco con vírgulas verdes.

Gabriel tomó asiento decidido a la cabecera de la mesa y, después de revisar el filo del trinche, hundió su tenedor con firmeza en el ganso. Se sentía a sus anchas, ya que era trin­chador experto y nada le gustaba tanto como sentarse a la ca­becera de una mesa bien puesta.

-Miss Furlong, ¿qué le doy? -preguntó-. ¿Un ala o una lasca de pechuga?

-Una lasquita de pechuga.

-¿Y para usted, Miss Higgins?

-Oh, lo que usted quiera, Mr Conroy.

Mientras Gabriel y Miss Daly intercambiaban platos de ganso y platos de jamón y de carne aderezada, Lily iba de un huésped al otro con un plato de calientes papas boronosas en­vueltas en una servilleta blanca. Había sido idea de Mary Jane y ella sugirió también salsa de manzana para el ganso, pero tía Kate dijo que había comido siempre el ganso asado simple sin nada de salsa de manzana y que esperaba no tener que comer nunca una cosa peor. Mary Jane atendía a sus alumnas y se ocupaba de que obtuvieran las mejores lonjas, y tía Kate y tía Julia abrían y traían del piano una botella tras otra de stout y de ale para los hombres y de agua mineral para las mujeres. Reinaba gran confusión y risa y ruido: una alharaca de peti­ciones y contra-peticiones, de cuchillos y tenedores, de corchos y tapones de vidrio. Gabriel empezó a trinchar porciones extras, tan pronto como cortó las iniciales, sin servirse. Todos protes­taron tan alto que no le quedó más remedio que transigir bebiendo un largo trago de stout, ya que halló que trinchar lo sofocaba. Mary Jane se sentó a comer tranquila, pero tía Kate y tía Julia todavía daban tumbos alrededor de la mesa, pisán­dose mutuamente los talones y dándose una a la otra órdenes que ninguna obedecía. Mr Browne les rogó que se sentaran a cenar y lo mismo hizo Gabriel, pero ellas respondieron que ya habría tiempo de sobra para ello. Finalmente, Freddy Malins se levantó y, capturando a tía Kate, la arrellanó en su silla en medio del regocijo general.

Cuando todo el mundo estuvo bien servido dijo Gabriel, sonriendo:

-Ahora, si alguien quiere un poco más de lo que la gente vulgar llama relleno, que lo diga él o ella.

Un coro de voces lo conminó a empezar su cena y Lily se adelantó con tres papas que le había reservado.

-Muy bien -dijo Gabriel, amable, mientras tomaba otro sorbo preliminar-, hagan el favor de olvidarse de que existo, damas y caballeros, por unos minutos.

Se puso a comer y no tomó parte en la conversación que cubrió el ruido de la vajilla al llevársela Lily. El tema era la compañía de ópera que actuaba en el Teatro Real. El tenor, Mr Bartell D’Arcy, hombre de tez oscura y fino bigote, elogió mucho a la primera contralto de la compañía, pero a Miss Fur­long le parecía que ésta tenía una presencia escénica más bien vulgar. Freddy Malins dijo que había un negro cantando prin­cipal en la segunda tanda de la pantomima del Gaiety que tenía una de las mejores voces de tenor que él había oído.

-¿Lo ha oído usted? -le preguntó a Mr Bartell D’Arey.

-No -dijo Mr Bartell D’Arcy sin darle importancia.

-Porque -explicó Freddy Malins- tengo curiosidad por conocer su opinión. A mí me parece que tiene una gran voz.

-Y Teddy sabe lo que es bueno -dijo Mr Browne, con­fianzudo, a la concurrencia.

-¿Y por qué no va a tener él también una buena voz? -preguntó Freddy Malins en tono brusco-. ¿Porque no es más que un negro?

Nadie respondió a su pregunta y Mary Jane pastoreó la conversación de regreso a la ópera seria. Una de sus alumnas le había dado un pase para Mignon. Claro que era muy buena, dijo, pero le recordaba a la pobre Georgina Bums. Mr Browne se fue aún más lejos, a las viejas compañías italianas que solían visitar a Dublín: Tietjens, Ilma de Mujza, Campanini, el gran Trebilli, Giuglini, Ravelli, Aramburo. Qué tiempos aquellos, dijo, cuando se oía en Dublín lo que se podía llamar bel canto. Contó cómo la tertulia del viejo Real estaba siem­pre de bote en bote, noche tras noche, cómo una noche un tenor italiano había dado cinco bises de Déjame caer como cae un soldado, dando el do de pecho en cada ocasión, y cómo la galería en su entusiasmo solía desenganchar los caba­llos del carruaje de una gran prima donna para tirar ellos del coche por las calles hasta el hotel. ¿Por qué ya no cantaban las grandes óperas, preguntó, como Dinorah, Lucrezia Bor­gia? Porque ya no había voces para cantarlas: por eso.

-Ah, pero -dijo Mr Bartell D’Arcy- a mi entender hay tan buenos cantantes hoy como entonces.

-¿Dónde están? -preguntó Mr Browne, desafiante.

-En Londres, París, Milán -dijo Mr Bartell D’Arcy, acalorado-. Para mí, Caruso, por ejemplo, es tan bueno, si no mejor que cualquiera de los cantantes que usted ha men­cionado.

-Tal vez sea así -dijo Mr Browne-. Pero tengo que de­cirle que lo dudo mucho.

-Ay, yo daría cualquier cosa por oír cantar a Caruso -dijo Mary Jane.

-Para mí -dijo tía Kate, que estaba limpiando un hue­so-, no ha habido más que un tenor. Quiero decir, que a mí me guste. Pero supongo que ninguno de ustedes ha oído hablar de él.

-¿Quién es él, Miss Morkan? -preguntó Mr Bartell D’Arcy, cortésmente.

-Su nombre -dijo tía Kate- era Parkinson. Lo oí can­tar cuando estaba en su apogeo y creo que tenía la más pura voz de tenor que jamás salió de una garganta humana.

-Qué raro -dijo Mr Bartell D’Arcy-. Nunca oí hablar de él.

-Sí, sí, tiene razón Miss Morkan- dijo Mr Browne-. Recuerdo haber oído hablar del viejo Parkinson. Pero eso fue mucho antes de mi época.

-Una bella, pura, dulce y suave voz de tenor inglés -dijo la tía Kate entusiasmada.
Como Gabriel había terminado, se trasladó el enorme pu­dín a la mesa. El sonido de cubiertos comenzó otra vez. La mujer de Gabriel partía porciones del pudín y pasaba los pla­tillos mesa abajo. A medio camino los detenía Mary Jane, quien los rellenaba con gelatina de frambuesas o de naranja o con manjar blanco o jalea. El pudín había sido hecho por tía Julia y ésta recibió elogios de todas partes. Pero ella dijo que no había quedado lo bastante bruno.

-Bueno, confío, Miss Morkan -dijo Mr Browne-, en que yo sea lo bastante bruno para su gusto, porque, como ya sabe, yo soy todo browno.

Los hombres, con la excepción de Gabriel, le hicieron el honor al pudín de la tía Julia. Como Gabriel nunca comía pos­tre le dejaron a él todo el apio. Freddy Malins también cogió un tallo y se lo comió junto con su pudín. Alguien le había dicho que el apio era lo mejor que había para la sangre y como estaba bajo tratamiento médico. Mrs Malins, que no había ha­blado durante la cena, dijo que en una semana o cosa así su hijo ingresaría en Monte Melleray. Los concurrentes todos ha­blaron de Monte Melleray, de lo reconstituyente que era el aire allá, de lo hospitalarios que eran los monjes y cómo nunca cobraban ni un penique a sus huéspedes.

-¿Y me quiere usted decir -preguntó Mr Browne, incré­dulo- que uno va allá y se hospeda como en un hotel y vive de lo mejor y se va sin pagar un penique?

-Oh, la mayoría dona algo al monasterio antes de irse -dijo Mary Jane.

-Ya quisiera yo que tuviéramos una institución así en nuestra Iglesia -dijo Mr Browne con franqueza.

Se asombró de saber que los monjes nunca hablaban, que se levantaban a las dos de la mañana y que dormían en un ataúd. Preguntó que por qué.

-Son preceptos de la orden -dijo tía Kate con firmeza.

-Sí, pero ¿por qué? -preguntó Mr Browne.

La tía Kate repitió que eran los preceptos y así eran. A pe­sar de todo, Mr Browne parecía no comprender. Freddy Malins le explicó tan bien como pudo que los monjes trataban de ex­piar los pecados cometidos por todos los pecadores del mundo exterior. La explicación no quedó muy clara para Mr Browne, quien, sonriendo, dijo:

-Me gusta la idea, pero ¿no serviría una cómoda cama de muelles tan bien como un ataúd?
-El ataúd -dijo Mary Jane- es para que no olviden su último destino.

Como la conversación se hizo fúnebre se la enterró en el silencio, en medio del cual se pudo oír a Mrs Malins decir a su vecina en un secreto a voces:

-Son muy buenas personas los monjes, muy religiosos.

Las pasas y las almendras y los higos y las manzanas y las naranjas y los chocolates y los caramelos pasaron de mano en mano y tía Julia invitó a los huéspedes a beber oporto o jerez. Al principio, Mr Bartell D’Arcy no quiso beber nada, pero uno de sus vecinos le llamó la atención con el codo y le susurró algo al oído, ante lo cual aquél permitió que le llenaran su copa. Gradualmente, según se llenaban las copas, la conversación se detuvo. Siguió una pausa, rota sólo por el ruido del vino y las sillas al moverse. Las Morkans, las tres, bajaron la vista al mantel. Alguien tosió una o dos veces y luego unos cuantos comensales tocaron en la mesa suavemente pidiendo silencio. Cuando se hizo el silencio, Gabriel echó su silla hacia atrás y se levantó.

El tableteo creció, alentador, y luego cesó del todo. Gabriel apoyó sus diez dedos temblorosos en el mantel y sonrió, ner­vioso, a su público. Al enfrentarse a la fila de cabezas volteadas levantó su vista a la lámpara. El piano tocaba un vals y pudo oír las faldas frotar contra la puerta del comedor. Tal vez ha­bía alguien afuera en la calle, bajo la nieve, mirando a las ven­tanas alumbradas y oyendo la melodía del vals. Al aire libre, puro. A lo lejos se vería el parque con sus árboles cargados de nieve. El monumento a Wellington tendría un brillante gorro nevado refulgiendo hacia el poniente, sobre los blancos campos de Quince Acres.

Comenzó:

-Damas y caballeros.

-Hame tocado en suerte esta noche, como en años ante­riores, cumplir una tarea muy grata, para la cual me temo, em­pero, que mi pobre capacidad oratoria no sea lo bastante ade­cuada.

-¡De ninguna manera! -dijo Mr Browne.

-Bien, sea como sea, sólo puedo pedirles esta noche que tomen lo dicho por lo hecho y me presten su amable atención por unos minutos, mientras trato de expresarles con palabras cuáles son mis sentimientos en esta ocasión.

-Damas y caballeros. No es la primera vez que nos reuni­mos bajo este hospitalario techo, alrededor de esta mesa hos­pitalaria. No es la primera vez que hemos sido recipendarios -o, quizá sea mejor decir, víctimas- de la hospitalidad de ciertas almas bondadosas.
Dibujó un círculo en el aire con sus brazos y se detuvo. Todo el mundo rió o sonrió hacia tía Kate, tía Julia y Mary Jane, que se ruborizaron de júbilo. Gabriel prosiguió con más audacia:

-Cada año que pasa siento con mayor fuerza que nuestro país no tiene otra tradición que honre mejor y guarde con ma­yor celo que la hospitalidad. Es una tradición única en mi ex­periencia (y he visitado no pocos países extranjeros) entre las naciones modernas. Algunos dirían, tal vez, que es más defecto que virtud de cual vanagloriarse. Pero aun si concediéramos que fuera así, se trata, a mi entender, de un defecto principesco, que confío que cultivemos por muchos años por venir. De una cosa, por lo menos, estoy seguro. Mientras este techo cobije a las buenas almas mencionadas antes -y deseo desde el fondo de mi corazón que sea así por muchos años y muchos años por transcurrir- la tradición de genuina, cálidamente entrañable, y cortés hospitalidad irlandesa, que nuestros antepasados nos legaron y que a su vez debemos legar a nuestros descendien­tes, palpita todavía entre nosotros.

Un cordial murmullo de asenso corrió por la mesa. Le pasó por la mente a Gabriel que Miss Ivors no estaba presente y que se había ido con descortesía: y dijo con confianza en sí mismo:

-Damas y caballeros.

-Una nueva generación crece en nuestro seno, una gene­ración motivada por ideales nuevos y nuevos principios. Es ésta seria y entusiasta de estos nuevos ideales, y su entusiasmo, aun si está mal enderezado, es, creo, eminentemente sincero. Pero vivimos en tiempos escépticos y, si se me permite la frase, en una era acuciada por las ideas: y a veces me temo que esta nueva generación, educada o hipereducada como es, carecerá de aquellas cualidades de humanidad, de hospitalidad, de gene­roso humor que pertenecen a otros tiempos. Escuchando esta noche los nombres de esos grandes cantantes del pasado me pa­reció, debo confesarlo, que vivimos en época menos espaciosa. Aquéllos se pueden llamar, sin exageración, días espaciosos: y si desaparecieron sin ser recordados esperemos que, por lo me­nos, en reuniones como ésta todavía hablaremos de ellos con orgullo y con afecto, que todavía atesoraremos en nuestros co­razones la memoria de los grandes, muertos y desaparecidos, pero cuya fama el mundo no dejará perecer nunca de motu propio.

-¡Así se habla! -dijo Mr Browne bien alto.

-Pero como todo -continuó Gabriel, su voz cobrando una entonación más suave-, siempre hay en reuniones como ésta pensamientos tristes que vendrán a nuestra mente: recuer­dos del pasado, de nuestra juventud, de los cambios, de esas caras ausentes que echamos de menos esta noche. Nuestro paso por la vida está cubierto de tales memorias dolorosas: y si fuéramos a cavilar sobre las mismas, no tendríamos ánimo para continuar valerosos nuestra vida cotidiana entre los seres vi­vientes. Tenemos todos deberes vivos y vivos afectos que re­claman, y con razón reclaman, nuestro esfuerzo más cons­tante y tenaz.
-Por tanto, no me demoraré en el pasado. No permitiré que ninguna lúgubre reflexión moralizante se entrometa entre nos esta noche. Aquí estamos reunidos por un breve instante extraído de los trajines y el ajetreo de la rutina cotidiana. Nos encontramos aquí como amigos, en espíritu de fraternal com­pañerismo, como colegas, y hasta cierto punto en verdadero espíritu de camaradería, y como invitados de -¿cómo podría llamarlas?- las Tres Gracias de la vida musical de Dublín.

La concurrencia rompió en risas y aplausos ante tal sali­da. Tía Julia pidió en vano a cada una de sus vecinas, por tur­no, que le dijeran lo que Gabriel había dicho.
-Dice que somos las Tres Gracias, tía Julia -dijo Mary Jane.

La tía Julia no entendió, pero levantó la vista, sonriendo, a Gabriel, que prosiguió en la misma vena:

-Damas y caballeros.

-No intento interpretar esta noche el papel que Paris jugó en otra ocasión. No intentaré siquiera escoger entre ellas. La tarea sería ingrata y fuera del alcance de mis pobres aptitudes, porque cuando las contemplo una a una, bien sea nuestra anfi­triona mayor, cuyo buen corazón, demasiado buen corazón, se ha convertido en estribillo de todos aquellos que la conocen, o su hermana, que parece poseer el don de la eterna juventud y cuyo canto debía haber constituido una sorpresa y una revela­ción para nosotros esta noche, o, last but not least, cuando con­sidero a nuestra anfitriona más joven, talentosa, animosa y trabajadora, la mejor de las sobrinas, confieso, damas y caba­lleros, que no sabría a quién conceder el premio.

Gabriel echó una ojeada a sus tías y viendo la enorme son­risa en la cara de tía Julia y las lágrimas que brotaron a los ojos de tía Kate, se apresuró a terminar. Levantó su copa de oporto, galante, mientras los concurrentes palpaban sus res­pectivas copas expectantes, y dijo en alta voz:

-Brindemos por las tres juntas. Bebamos a su salud, pros­peridad, larga vida, felicidad y ventura, y ojalá que continúen por largo tiempo manteniendo la posición soberana y bien ga­nada que tienen en nuestra profesión, y la honfa y el afecto que se han ganado en nuestros corazones.

Todos los huéspedes se levantaron, copa en mano, y, vol­viéndose a las tres damas sentadas, cantaron al unísono, con Mr Browne como guía:

Pues son jocosas y ufanas,
Pues son jocosas y ufanas,
Pues son jocosas y ufanas,
Nadie lo puede negar!

La tía Kate hacía uso descarado de su pañuelo y hasta tía Julia parecía conmovida. Freddy Malins marcaba el tiempo con su tenedor de postre y los cantantes se miraron cara a cara, como en melodioso concurso, mientras cantaban con énfasis:

A menos que diga mentira,
A menos que diga mentira…

Y volviéndose una vez más a sus anfitrionas, entonaron:

Pues son jocosas y ufanas,
Pues son jocosas y ufanas,
Pues son jocosas y ufanas,
Nadie lo puede negar!

La aclamación que siguió fue acogida más allá de las puer­tas del comedor por muchos otros invitados y renovada una y otra vez, con Freddy Malins de tambor mayor, tenedor en ristre.

…………………………………………………………………………………………………..

El frío y penetrante aire de la madrugada se coló en el salón en que esperaban, por lo que tía Kate dijo:

-Que alguien cierre esa puerta. Mrs Malins se va a morir de frío.

-Browne está fuera, tía Kate -dijo Mary Jane.

-Browne está en todas partes -dijo tía Kate, bajando la voz.

Mary Jane se rió de su tono de voz. -¡Vaya -dijo socarrona- si es atento!

-Se nos ha expandido como el gas -dijo la tía Kate en el mismo tono- por todas las Navidades.

Se rió de buena gana esta vez y añadió enseguida:

-Pero dile que entre, Mary Jane, y cierra la puerta. Ojalá que no me haya oído.

En ese momento se abrió la puerta del zaguán y del portal y entró Mr Browne desternillándose de risa. Vestía un largo gabán verde con cuello y puños de imitación de astrakán, y lle­vaba en la cabeza un gorro de piel ovalado. Señaló para el malecón nevado de donde venía un sonido penetrante de sil­bidos.

-Teddy va a hacer venir todos los coches de Dublín -dijo.

Gabriel avanzó del desván detrás de la oficina, luchando por meterse en su abrigo y, mirando alrededor, dijo:

-¿No bajó ya Gretta?

-Está recogiendo sus cosas, Gabriel -dijo tía Kate.

-¿Quién toca arriba? -preguntó Gabriel.

-Nadie. Todos se han ido ya.

-Oh, no, tía Kate -dijo Mary Jane-. Bartell D’Arcy y Miss O’Callaghan no se han ido todavía.

-En todo caso, alguien teclea al piano –dijo Gabriel. Mary Jane miró a Gabriel y a Mr Browne y dijo, tiritando:

-Me da frío nada más de mirarlos a ustedes, caballeros, abrigados así como están. No me gustaría nada tener que ha­cer el viaje que van a hacer ustedes de vuelta a casa a esta hora.

-Nada me gustaría más en este momento -dijo Mr Brow­ne, atlético- que una crujiente caminata por el campo o una carrera con un buen trotón entre las varas.

-Antes teníamos un caballo muy bueno y coche en casa -dijo tía Julia con tristeza.

-El Nunca Olvidado Johnny -dijo Mary Jane, riendo. La tía Kate y Gabriel rieron también.
-Vaya, ¿y qué tenía de extraordinario este Johnny? -pre­guntó Mr Browne.

-El Muy Malogrado Patrick Morkan, es decir, nuestro abuelo -explicó Gabriel-, comúnmente conocido en su edad provecta como el caballero viejo, fabricaba cola.
-Ah, vamos, Gabriel -dijo tía Kate, riendo-, tenía una fábrica de almidón.

-Bien, almidón o cola –dijo Gabriel-, el caballero viejo tenía un caballo que respondía al nombre de Johnny. Y Johnny trabajaba en el molino del caballero viejo, dando vueltas y vueltas a la noria. Hasta aquí todo va bien, pero ahora viene la trágica historia de Johnny. Un buen día se le ocurrió al ca­ballero viejo ir a dar un paseo en coche con la gente de postín a ver una parada en el bosque.

-El Señor tenga piedad de su alma -dijo tía Kate, com­pasiva.

-Amén -dijo Gabriel-. Así, el caballero viejo, como dije, le puso el arnés a Johnny y se puso él su mejor chistera y su mejor cuello duro y sacó su coche con mucho estilo de su mansión ancestral cerca del callejón de Back Lane, si no me equivoco.

Todos rieron, hasta Mrs Malins, de la manera en que Ga­briel lo dijo y tía Kate dijo: -Oh, vaya, Gabriel, que no vivía en Back Lane, vamos. Nada más que tenía allí su fábrica.

-De la casa de sus antepasados -continuó Gabriel- sa­lió, pues, el coche tirado por Johnny. Y todo iba de lo más bien hasta que Johnny vio la estatua de Guillermito: sea porque se enamorara del caballo de Guillermito el rey o porque se creye­ra que estaba de regreso en la fábrica, la cuestión es que em­pezó a darle vueltas a la estatua.

Gabriel trotó en círculos con sus galochas en medio de la carcajada general.

-Vueltas y vueltas le daba –dijo Gabriel-, hasta que el caballero viejo, que era un viejo caballero muy pomposo, se indignó terriblemente. ¡Vamos, señor! ¿Pero qué es eso de se­ñor? ¡Johnny! ¡Johnny! ¡Extraño comportamiento! ¡No com­prendo a este caballo!

Las risotadas que siguieron a la interpretación que Gabriel dio al incidente quedaron interrumpidas por un resonante golpe en la puerta del zaguán. Mary Jane corrió a abrirla para dejar entrar a Freddy Malins, quien, con el sombrero bien echado hacia atrás en la cabeza y los hombros encogidos de frío, sol­taba vapor después de semejante esfuerzo.
-No conseguí más que un coche -dijo.

-Bueno, encontraremos nosotros otro por el malecón -dijo Gabriel.

-Sí -dijo tía Kate-. Lo mejor es evitar que Mrs Malins se quede ahí parada en la corriente.
Su hijo y Mr Browne ayudaron a Mrs Malins a bajar el quicio de la puerta y, después de muchas maniobras, la alzaron hasta el coche. Freddy Malins se encaramó detrás de ella y estuvo mucho tiempo colocándola en su asiento, ayudado por los consejos de Mr Browne. Por fin se acomodó ella y Freddy Malins invitó a Mr Browne a subir al coche. Se oyó una con­versación confusa y después Mr Browne entró al coche. El cochero se arregló la manta sobre el regazo y se inclinó a pre­guntar la dirección. La confusión se hizo mayor y Freddy Ma­lins y Mr Browne, sacando cada uno la cabeza por la ventani­lla, dirigieron al cochero en direcciones distintas. El problema era saber dónde en el camino había que dejar a Mr Browne, y tía Kate, tía Julia y Mary Jane contribuían a la discusión desde el portal con direcciones cruzadas y contradicciones y carca­jadas. En cuanto a Freddy Malins, no podía hablar por la risa. Sacaba la cabeza de vez en cuando por la ventanilla, con mu­cho riesgo de perder el sombrero, y luego le contaba a su ma­dre cómo iba la discusión, hasta que, finalmente, Mr Browne le dio un grito al confundido cochero por sobre el ruido de las risas.

-¿Sabe usted dónde queda Trinity College?

-Sí, señor -dijo el cochero.

-Muy bien, siga entonces derecho hasta dar contra la por­tada de Trinity College -dijo Mr Browne- y ya le diré yo por dónde coger. ¿Entiende ahora?

-Sí, señor -dijo el cochero. -Volando hasta Trinity College.

-Entendido, señor -gritó el cochero.

Unos fuetazos al caballo y el coche traqueteó por la orilla del río en medio de un coro de risas y de adioses.

Gabriel no había salido a la puerta con los demás. Se que­dó en la oscuridad del zaguán mirando hacia la escalera. Había una mujer parada en lo alto del primer descanso, en las sombras también. No podía verle a ella la cara, pero podía ver retazos del vestido, color terracota y salmón, que la oscuridad hacía parecer blanco y negro. Era su mujer. Se apoyaba en la baran­da, oyendo algo. Gabriel se sorprendió de su inmovilidad y aguzó el oído para oír él también. Pero no podía oír más que el ruido de las risas y de la discusión del portal, unos pocos acordes del piano y las notas de una canción cantada por un hombre.

Se quedó inmóvil en el zaguán sombrío, tratando de cap­tar la canción que cantaba aquella voz y escudriñando a su mujer. Había misterio y gracia en su pose, como si fuera ella 
el símbolo de algo. Se preguntó de qué podía ser símbolo una mujer de pie en una escalera oyendo una melodía lejana. Si fuera pintor la pintaría en esa misma posición. El sombrero de fieltro azul destacaría el bronce de su pelo recortado en la som­bra y los fragmentos oscuros de su traje pondrían las partes claras de relieve. Lejana Melodía llamaría él al cuadro, si fue­ra pintor.

Cerraron la puerta del frente y tía Kate, tía Julia y Mary Jane regresaron al zaguán riendo todavía.

-¡Vaya con ese Freddy, es terrible! -dijo Mary Jane-. ¡Terrible!

Gabriel no dijo nada sino que señaló hacia las escaleras, hacia donde estaba parada su mujer. Ahora, con la puerta del zaguán cerrada, se podían oír más claros la voz y el piano. Gabriel levantó la mano en señal de silencio. La canción parecía estar en el antiguo tono irlandés y el cantante no parecía estar seguro de la letra ni de su voz. La voz, que sonaba plañidera por la distancia y la ronquera del cantante, subrayaba débil­mente las cadencias de aquella canción con palabras que ex­presaban tanto dolor:

Oh, la lluvia cae sobre mi pesado pelo
Y el rocío moja la piel de mi cara,
Mi hijo yace aterido de frío…

-Ay -exclamó Mary Jane-. Es Bartell D’Arcy can­tando y no quiso cantar en toda la noche. Ah, voy a hacerle que cante una canción antes de irse.

-Oh, sí, Mary Jane -dijo tía Kate.

Mary Jane pasó rozando a los otros y corrió hacia la es­calera, pero antes de llegar allá la música dejó de oírse y al­guien cerró el piano de un golpe.

-¡Ay, qué pena! -se lamentó-. ¿Ya viene para abajo, Gretta?

Gabriel oyó a su mujer decir que sí y la vio bajar hacia ellos. Unos pasos detrás venían Bartell D’Arcy y Miss O’Ca­llaghan.

-¡Oh, Mr D’Arcy -exclamó Mary Jane-, muy egoísta de su parte acabar así de pronto cuando todos le oíamos arro­bados!

-He estado detrás de él toda la noche -dijo Miss O’Ca­llaghan- y también Mrs Conroy, y nos decía que tiene un catarro terrible y no podía cantar.

-Ah, Mr D’Arcy -dijo la tía Kate-, mire que decir tal embuste.

-¿No se dan cuenta de que estoy más ronco que una rana? -dijo Mr D’Arcy grosero.

Entró apurado al cuarto de desahogo a ponerse su abrigo. Los demás, pasmados ante su ruda respuesta, no hallaban qué decir. Tía Kate encogió las cejas y les hizo señas a todos de que olvidaran el asunto. Mr D’Arcy, ceñudo, se abrigaba la garganta con cuidado.
-Es el tiempo -dijo tía Julia, luego de una pausa.

-Sí, todo el mundo tiene catarro -dijo tía Kate ense­guida-, todo el mundo.

-Dicen -dijo Mary Jane- que no habíamos tenido una nevada así en treinta años; y leí esta mañana en los periódicos que nieva en toda Irlanda.

-A mí me gusta ver la nieve -dijo tía Julia con tristeza.

-Y a mí -dijo Miss O’Callaghan-. Yo creo que las Na­vidades no son nunca verdaderas Navidades si el suelo no está nevado.

-Pero al pobre de Mr D’Arcy no le gusta la nieve -dijo tía Kate sonriente.

Mr D’Arcy salió del cuarto de desahogo todo abrigado y abotonado y en son de arrepentimiento les hizo la historia de su catarro. Cada uno le dio un consejo diferente, le dijeron que era una verdadera lástima y lo urgieron a que se cuidara mucho la garganta del sereno. Gabriel miraba a su mujer, que no se mezcló en la conversación. Estaba de pie debajo del re­verbero y la llama del gas iluminaba el vivo bronce de su pelo, que él había visto a ella secar al fuego unos días antes. Seguía en su actitud y parecía no estar consciente de la conversación a su alrededor. Finalmente, se volvió y Gabriel pudo ver que tenía las mejillas coloradas y los ojos brillosos. Una súbita marca de alegría inundó su corazón.

-Mr D’Arcy -dijo ella-, ¿cuál es el nombre de esa canción que usted cantó?

-Se llama La joven de Aughrim -dijo Mr D’Arcy-, pero no la puedo recordar muy bien. ¿Por qué? ¿La conoce?

-La joven de Aughrim -repitió ella-. No podía recor­dar el nombre.

-Linda melodía -dijo Mary Jane-. Qué pena que no estuviera usted en voz esta noche.
-Vamos, Mary Jane -dijo tía Kate-. No importunes a Mr D’Arcy. No quiero que se vaya a poner bravo.

Viendo que estaban todos listos para irse comenzó a pas­torearlos hacia la puerta donde se despidieron:

-Bueno, tía Kate, buenas noches y gracias por la velada tan grata.

-Buenas noches, Gabriel. ¡Buenas noches, Gretta! -Buenas noches, tía Kate, y un millón de gracias. Buenas noches, tía Julia.

-Ah, buenas noches, Gretta, no te había visto.

-Buenas noches, Mr D’Arcy. Buenas noches, Miss O’Ca­llaghan.

-Buenas noches, Miss Morkan. -Buenas noches, de nuevo. -Buenas noches a todos. Vayan con Dios. -Buenas noches. Buenas noches.

Todavía era oscuro. Una palidez cetrina se cernía sobre las casas y el río; y el cielo parecía estar bajando. El suelo se hacía fango bajo los pies y sólo quedaban retazos de nieve so­bre los techos, en el muro del malecón y en las barandas de los alrededores. Las lámparas ardían todavía con un fulgor rojo en el aire lóbrego y, al otro lado del río, el palacio de las Cuatro Cortes se erguía amenazador contra el cielo oneroso.

Caminaba ella delante de él con Mr Bartell D’Arcy, sus zapatos en un cartucho bajo el brazo, sus manos levantando la falda del fango. No tenía ya una pose graciosa, pero los ojos de Gabriel brillaban de felicidad. La sangre golpeaba en sus ve­nas; y los pensamientos se amotinaban en su cerebro: orgullo­sos, regocijados, tiernos, valerosos.
Caminaba ella delante tan leve y tan erguida que él deseó caerle detrás sin ruido, tomarla por los hombros y decirle al oído algo tonto y afectuoso. Le parecía tan frágil que quería
defenderla de cualquier cosa para luego quedarse solo con ella. Momentos de su vida secreta juntos fulguraron como estrellas en su memoria. Junto a la taza de té del desayuno, un sobre color heliotropo que él acariciaba con su mano. Los pájaros piaban en la enredadera y la luminosa telaraña del cortinaje cabrilleaba sobré el piso: era tan feliz que no podía probar bocado. Estaban en la concurrida plataforma y él deslizaba un billete en la cálida palma recóndita de su mano enguantada. Estaba de pie con ella a la intemperie, mirando por entre los barrotes de una ventana a un hombre haciendo botellas ante un horno rugiente. Hacía mucho frío. Su cara, reluciente por el viento helado, estaba muy cerca de la suya; y de pronto ella le llamó la atención al hombre del horno:

-Señor, ¿ese fuego, está caliente?

Pero el hombre no la pudo oír con el ruido que hacía la fornalla. Más valía así. Con toda seguridad le habría respon­dido groseramente.

Una ola de una alegría más tierna escapó de su corazón para correrle en cálido torrente por las arterias. Como el tierno calor de las estrellas, rompieron a iluminar su memoria mo­mentos de su vida juntos que nadie conocía, que nadie sabría nunca. Anhelaba hacerle recordar a ella todos esos momentos, para hacerle olvidar su aburrida existencia juntos y que reme­morara solamente los momentos de éxtasis. Ya que los años, sentía él, no habían colmado la sed de su alma o la de ella. Los hijos sus escritos, su labor de ama de casa no habían apagado el tierno fuego de sus almas. En una carta que le es­cribió por aquel tiempo, él le decía: ¿Por qué palabras como éstas me parecen tan sosas y frías? ¿Es porque no hay una palabra tan tierna que sea capaz de ser tu nombre?

Como una melodía lejana estas palabras que había escrito años atrás le llegaron desde el pasado. Deseaba estar a solas con ella. Cuando todos se hubieran ido, cuando estuvieran solos él y ella en la habitación del hotel, entonces estarían juntos y a solas. La llamaría quedamente:

-¡Gretta!

Tal vez no lo oyera ella enseguida: se estaría desnudando. Luego, algo en su voz llamaría su atención. Se volvería ella a mirarlo… , En la esquina de Winetavern Street encontraron un coche. Se alegró de que hiciera tanto ruido, pues ahorraba la conver­sación. Ella miraba por la ventana y parecía cansada. Los otros hablaban apenas, señalando a un edificio o a una calle. El ca­ballo trotaba desganado bajo el cielo sombrío, tirando de la caja crujiente tras sus cascos, y Gabriel estaba de nuevo en un coche con ella, galopando a alcanzar el barco, galopando hacia su luna de miel.

Cuando el coche atravesaba el puente de O’Connell, Miss Callaghan dijo:

-Dicen que nadie cruza el puente de O’Donnell sin ver un caballo blanco.

-Yo veo un hombre blanco esta vez -dijo Gabriel.

-¿Dónde? -preguntó Mr Bartell D’Arcy.

Gabriel señaló a la estatua, en la que había parches de nie­ve. Luego, la saludó familiarmente y levantó la mano.

-Buenas noches, Daniel -dijo, alegre.

Cuando el coche arrimó ante el hotel, Gabriel saltó afuera y, a pesar de las protestas de Mr Bartell D’Arcy, pagó al co­chero. Le dio al hombre un chelín por el viaje. El hombre lo saludó y dijo:

-Próspero Año Nuevo, señor.

-Igualmente -dijo Gabriel, cordial.

Ella se apoyó un instante en su brazo al salir del coche, y luego, de pie en la acera, dándoles las buenas noches a los demás. Se sujetaba leve a su brazo, tan levemente como cuando bailó con él antes. Se sintió orgulloso y feliz entonces: feliz de estar con ella, orgulloso de su gracia y su porte señorial. Pero ahora, después de reavivar tantos recuerdos, el primer contacto con su cuerpo, armonioso y extraño y perfumado, produjo en él un agudo latido de lujuria. Aprovechándose de su silencio, le apretó el brazo a su costado; y al detenerse a la puerta del ho­tel, sintió que se habían escapado a sus vidas y a sus deberes, escapado de la familia y de los amigos, y se habían fugado juntos, sus corazones vibrantes y salvajes, en busca de una aventura nueva.

Un viejo dormitaba en uno de los grandes sillones de ore­jas en el vestíbulo. Encendió él una vela en la oficina y los precedió escaleras arriba. Lo siguieron en silencio, sus pies pi­sando sordamente los mullidos escalones alfombrados. Ella subía detrás del portero, su cabeza doblegada por el ascenso, sus frágiles hombros encorvados como por una pesada carga, su falda entallándola ceñida. Echaría los brazos alrededor de sus caderas para obligarla a detenerse, pues le temblaban de deseo de poseerla y solamente la presión de sus uñas contra la pal­ma de su mano mantenía bajo control el impulso de su cuer­po. El portero se paró en las escaleras a enderezar la vela que chorreaba. Se detuvieron detrás de él. En el silencio, Gabriel podía oír la esperma derretida caer goteando en la palmatoria, tanto como el latido del corazón golpeando sus costillas.

El portero los condujo a lo largo de un pasillo y abrió una puerta. Luego, puso su inestable vela en una mesita de noche y preguntó que a qué hora querían los señores despertarse.
-A las ocho -dijo Gabriel.

El portero señaló para el botón de la luz y empezó a mur­murar una disculpa, pero Gabriel lo detuvo.

-No queremos luz. Hay bastante con la de la calle. Y yo diría -dijo, señalando la vela- que puede usted, amigo mío, librarnos de tan orondo instrumento.

El portero cargó con la vela otra vez, pero sin prisa, ya que se había sorprendido de idea tan novedosa. Luego, murmuró las buenas noches y salió. Gabriel pasó el pestillo.
La fantasmal luz del alumbrado público iluminaba el tra­mo de la ventana a la puerta. Gabriel arrojó abrigo y sombrero sobre un sofá y cruzó el cuarto en dirección a la ventana. Miró abajo hacia la calle para calmar su emoción un tanto. Luego, se volvió a apoyarse en un armario, de espaldas a la luz. Ella se había quitado el sombrero y la capa y se paró delante de un gran espejo movible a zafarse el vestido. Gabriel se detuvo a mirarla un momento y después dijo:

-¡Gretta!

Se volvió ella lentamente del espejo y atravesó el cuadro de luz para acercarse. Su cara lucía tan seria y fatigada que las palabras no acertaban a salir de los labios de Gabriel. No, no era el momento todavía.

-Se te ve cansada -dijo él.

-Lo estoy un poco -respondió ella.

-¿No te sientes enferma ni débil?

-No, cansada: eso es todo.

Se fue a la ventana y se quedó allá, mirando para fuera. Gabriel esperó de nuevo y luego, temiendo que lo ganara la indecisión, dijo, abrupto:

-¡Por cierto, Gretta!

-¿Qué es?

-¿Tú conoces a ese pobre tipo Malins? -dijo rápido. -Sí. ¿Qué le pasa?

-Nada, que el pobre es de lo más decente, después de todo -siguió Gabriel con voz falsa-. Me devolvió el soberano que le presté y no me lo esperaba, en absoluto. Es una pena que no se aleje de ese tipo Browne, pues no es mala persona.

Temblaba, molesto. ¿Por qué parecía ella tan distraída? No sabía por dónde empezar. ¿Estaría molesta, ella también, por algo? ¡Si solamente se volviera o viniera hacia él por sí mis­ma! Tomarla así como estaba sería bestial. No, tenía que notar un poco de pasión en sus ojos. Deseaba dominar su extraño estado de ánimo.

-¿Cuándo le prestaste la libra? -preguntó ella después de una pausa.

Gabriel luchó por contenerse y no arrancar a maldecir bru­talmente al estúpido de Malins y su libra. Anhelaba gritarle desde el fondo de su alma, estrujar su cuerpo contra el suyo, dominarla. Pero dijo:

-Oh, por Navidad, cuando abrió su tien­decita de tarjetas de felicitaciones en Henry Street.

Sufría tal fiebre de rabia y de deseo que no la oyó acer­carse desde la ventana. Ella se detuvo frente a él un instante, mirándolo de modo extraño. Luego, poniéndose de pronto en puntillas y posando sus manos, leve, en sus hombros, lo besó. -Eres tan generoso, Gabriel -dijo.

Gabriel, temblando de deleite ante su beso súbito y la ra­reza de su frase, le puso una mano sobre el pelo y empezó a alisárselo hacia atrás, tocándolo apenas con los dedos. El la­vado se lo había puesto fino y brillante. Su corazón desbordaba de felicidad. Justo cuando lo deseaba había venido ella por su propia voluntad. Quizá sus pensamientos corrían acordes con los suyos. Quizás ella sintiera el impetuoso deseo que él guar­daba dentro y su estado de ánimo imperioso la había subyu­gado. Ahora que ella se le había entregado tan fácilmente se preguntó él por qué había sido tan pusilánime.

Se puso en pie, sosteniendo su cabeza entre las manos. Lue­go, deslizando un brazo rápidamente alrededor de su cuerpo y atrayéndola hacia él, dijo en voz baja:

-Gretta querida, ¿en qué piensas?

No respondió ella ni cedió a su abrazo por entero. De nuevo habló él, quedo:

-Dime qué es, Gretta. Creo que sé lo que te pasa. ¿Lo sé? No respondió ella enseguida. Luego, dijo en un ataque de llanto:

-Oh, pienso en esa canción, La joven de Aughrim.

Se soltó de su abrazo y corrió hasta la cama y, tirando los brazos por sobre la baranda, escondió la cara. Gabriel se quedó paralizado de asombro un momento y luego la siguió. Cuando cruzó frente al espejo giratorio se vio de lleno: el ancho pecho de la camisa, relleno, la cara cuya expresión siempre lo intri­gaba cuando la veía en un espejo y sus relucientes espejuelos de aros de oro. Se detuvo a pocos pasos de ella y le dijo:
-¿Qué ocurre con esa canción? ¿Por qué te hace llorar? Ella levantó la cabeza de entre los brazos y se secó los ojos con el dorso de la mano, como un niño. Una nota más bonda­dosa de lo que hubiera querido se introdujo en su voz:

-¿Por qué, Gretta? -preguntó.

-Pienso en una persona que cantaba esa canción hace tiempo.

-¿Y quién es esa persona? -preguntó Gabriel, sonriendo.

-Una persona que yo conocí en Galway cuando vivía con mi abuela -dijo ella.

La sonrisa se esfumó de la cara de Gabriel. Una rabia sorda le crecía de nuevo en el fondo del cerebro y el apagado fuego del deseo empezó a quemarle con furia en las venas.
-¿Alguien de quien estuviste enamorada? -preguntó iró­nicamente.

-Un muchacho que yo conocí -respondió ella-, que se llamaba Michael Furey. Cantaba esa canción, La joven de Aughrim. Era tan delicado.

Gabriel se quedó callado. No quería que ella supiera que estaba interesado en su muchacho delicado.

-Tal como si lo estuviera viendo -dijo un momento des­pués-. ¡Qué ojos tenía: grandes, negros! ¡Y qué expresión en ellos…, qué expresión!

-Ah, ¿entonces estabas enamorada de él? -dijo Gabriel. Salía con él a pasear -dijo ella-, cuando vivía en Galway.

Un pensamiento pasó por el cerebro de Gabriel.

-¿Tal vez fuera por eso que querías ir a Galway con esa muchacha Ivors? -dijo fríamente.
Ella le miró y le preguntó, sorprendida:

-¿Para qué?

Sus ojos hicieron que Gabriel sintiera desazón. Encogien­do los hombros dijo:
-¿Cómo voy a saberlo yo? Para verlo, ¿no?

Retiró la mirada para recorrer con los ojos el rayo de luz hasta la ventana.

-El está muerto -dijo ella al rato-. Murió cuando ape­nas tenía diecisie
te años. ¿No es terrible morir así tan joven?

-¿Qué era él? -preguntó Gabriel, irónico todavía.

-Trabajaba en el gas -dijo ella.

Gabriel se sintió humillado por el fracaso de su ironía y ante la evocación de esta figura de entre los muertos: un mu­chacho que trabajaba en el gas. Mientras él había estado lleno de recuerdos de su vida secreta en común, lleno de ternura y deseo, ella lo comparaba mentalmente con el otro. Lo asaltó una vergonzante conciencia de sí mismo. Se vio como una figu­ra ridícula, actuando como recadero de sus tías, un nervioso y bienintencionado sentimental, alardeando de orador con los humildes, idealizando hasta su visible lujuria: el lamentable tipo fatuo que había visto momentáneamente en el espejo. Ins­tintivamente dio la espalda a la luz, no fuera que ella pudiera ver la vergüenza que le quemaba el rostro.

Trató de mantener su tono frío, de interrogatorio, pero cuando habló su v
oz era indiferente y humilde.

-Supongo que estarías enamorada de este Michael Furey, Gretta -dijo.

-Me sentía muy bien con él entonces -dijo ella.

Su voz sonaba velada y triste. Gabriel, sintiendo ahora lo vano que sería tratar de llevarla más lejos de lo que se pro­puso, acarició una de sus manos y dijo, él también triste:

-¿Y de qué murió tan joven, Gretta? Tuberculoso, su­pongo.

-Creo que murió por mí -respondió ella.

Un terror vago se apoderó de Gabriel ante su respuesta, como si, en el momento en que confiaba triunfar, algún ser impalpable y vengativo se abalanzara sobre él, reuniendo las fuerzas de su mundo tenue para echársele encima. Pero se sa­cudió libre con un esfuerzo de su raciocinio y continuó aca­riciándole a ella la mano. No la interrogó más porque sentía que se lo contaría ella todo por sí misma. Su mano estaba hú­meda y cálida: no respondía a su caricia, pero él continuaba acariciándola tal como había acariciado su primera carta aque­lla mañana de primavera.

-Era en invierno -dijo ella-, como al comienzo del invierno en que yo iba a dejar a mi abuela para venir acá al convento. Y él estaba enfermo siempre en su hospedaje de Galway y no lo dejaban salir y ya le habían escrito a su gente en Oughterard. Estaba decaído, decían, o cosa así. Nunca supe a derechas.

Hizo una pausa para suspirar.

-El pobre -dijo-. Me tenía mucho cariño y era tan gen­til. Salíamos a caminar, tú sabes, Gabriel, como hacen en el campo. Hubiera estudiado canto de no haber sido por su sa­lud. Tenía muy buena voz, el pobre Michael Furey.

-Bien, ¿y entonces? -preguntó Gabriel.

-Y entonces, cuando vino la hora de dejar yo Galway y venir acá para el convento, él estaba mucho peor y no me de­jaban ni ir a verlo, por lo que le escribí una carta diciéndole que me iba a Dublín y regresaba en el verano y que espera­ba que estuviera mejor para entonces.

Hizo una pausa para controlar su voz y luego siguió: -Entonces, la noche antes de irme, yo estaba en la casa de mi abuela en la Isla de las Monjas, haciendo las maletas, cuando oí que tiraban guijarros a la ventana. El cristal estaba tan anegado que no podía ver, por lo que corrí abajo así como estaba y salí al patio y allí estaba el pobre al final del jardín, tiritando.

-¿Y no le dijiste que se fuera para su casa? -preguntó Gabriel.

-Le rogué que regresara enseguida y le dije que se iba a morir con tanta lluvia. Pero él me dijo que no quería seguir viviendo. ¡Puedo ver sus ojos ahí mismo, ahí mismo! Estaba parado al final del jardín donde había un árbol.

-¿Y se fue? -preguntó Gabriel.

-Sí, se fue. Y cuando yo no llevaba más que una semana en el convento se murió y lo enterraron en Oughterard, de donde era su familia. ¡Ay, el día que supe que, que se había muerto!

Se detuvo, ahogada en llanto, y, sobrecogida por la emo­ción, se tiró en la cama bocabajo, a sollozar sobre la colcha. Gabriel sostuvo su mano durante un rato, sin saber qué hacer, y luego, temeroso de entrometerse en su pena, la dejó caer gentilmente y se fue, quedo, a la ventana.

Ella dormía profundamente.

Gabriel, apoyado en un codo, miró por un rato y sin re­sentimiento su pelo revuelto y su boca entreabierta, oyendo su respiración profunda. De manera que ella tuvo un amor así en la vida: un hombre había muerto por su causa. Apenas le dolía ahora pensar en la pobre parte que él, su marido, había jugado en su vida. La miró mientras dormía como si ella y él nunca hubieran sido marido y mujer. Sus ojos curiosos se po­saron un gran rato en su cara y su pelo: y, mientras pensaba cómo habría sido ella entonces, por el tiempo de su primera belleza lozana, una extraña y amistosa lástima por ella penetró en su alma. No quería decirse a sí mismo que ya no era bella, pero sabía que su cara no era la cara por la que Michael Furey desafió la muerte.

Quizás ella no le hizo a él todo el cuento. Sus ojos se mo­vieron a la silla sobre la que ella había tirado algunas de sus ropas. Un cordón del corpiño colgaba hasta el piso. Una bota se mantenía en pie, su caña fláccida caída; su compañera yacía recostada a su lado. Se extrañó ante sus emociones en tropel de una hora atrás. ¿De dónde provenían? De la cena de su tía, de su misma arenga idiota, del vino y del baile, de aquella alegría fabricada al dar las buenas noches en el pasillo, del placer de caminar junto al río bajo la nieve. ¡Pobre tía Julia! Ella, también, sería muy pronto una sombra junto a la sombra de Patrick Morkan y su caballo. Había atrapado al vuelo aquel aspecto abotargado de su rostro mientras cantaba Ataviada para el casorio. Pronto, quizá, se sentaría en aquella misma sala, vestido de luto, el negro sombrero de seda sobre las ro­dillas, las cortinas bajas y la tía Kate sentada a su lado, llo­rando y soplándose la nariz mientras le contaba de qué manera había muerto Julia. Buscaría él en su cabeza algunas palabras de consuelo, pero no encontraría más que las usuales, inútiles y torpes. Sí, sí: ocurrirá muy pronto.
El aire del cuarto le helaba la espalda. Se estiró con cui­dado bajo las sábanas y se echó al lado de su esposa. Uno a uno se iban convirtiendo ambos en sombras. Mejor pasar au­daz al otro mundo en el apogeo de una pasión que marchitarse consumido funestamente por la vida. Pensó cómo la mujer que descansaba a su lado había evocado en su corazón, durante años, la imagen de los ojos de su amante el día que él le dijo que no quería seguir viviendo.

Lágrimas generosas colmaron los ojos de Gabriel. Nunca había sentido aquello por ninguna mujer, pero supo que ese sentimiento tenía que ser amor. A sus ojos las lágrimas crecie­ron en la oscuridad parcial del cuarto y se imaginó que veía una figura de hombre, joven, de pie bajo un árbol anegado. Había otras formas próximas. Su alma se había acercado a esa región donde moran las huestes de los muertos. Estaba cons­ciente, pero no podía aprehender sus aviesas y tenues presen­cias. Su propia identidad se esfumaba a un mundo impalpable y gris: el sólido mundo en que estos muertos se criaron y vi­vieron se disolvía consumiéndose.

Leves toques en el vidrio lo hicieron volverse hacia la ven­tana. De nuevo nevaba. Soñoliento vio cómo los copos, de plata y de sombras, caían oblicuos hacia las luces. Había lle­gado la hora de variar su rumbo al poniente. Sí, los diarios estaban en lo cierto: nevaba en toda Irlanda. Caía nieve en cada zona de la oscura planicie central y en las colinas calvas, caía suave sobre el mégano de Allen y, más al oeste, suave caía sobre las sombrías, sediciosas aguas de Shannon. Caía, así, en todo el desolado cementerio de la loma donde yacía Michael Furey, muerto. Reposaba, espesa, al azar, sobre una cruz cor­va y sobre una losa, sobre las lanzas de la cancela y sobre las espinas yermas. Su alma caía lenta en la duermevela al oír caer la nieve leve sobre el universo y caer leve la nieve, como el descenso de su último ocaso, sobre todos los vivos y sobre los muertos.

jueves, 7 de agosto de 2014

La Tortura de la Esperanza (Adam Villiers de L’Isle)


Jean-Marie Mathias Philippe Auguste,    Conde de Villiers de l'Isle-Adam

(7 de noviembre de 1838, Saint-Brieuc - 19 de agosto de 1889, Paris)

1883. Cuentos crueles. Esta recopilación de narraciones breves es la producción más conocida y más característica del autor; original hasta la extravagancia, desigual y a menudo vigorosa, manifiesta en ella su múltiple inspiración.

1888 Nuevos cuentos crueles





La tortura de la esperanza
Publicado en Nuevos cuentos crueles (1888)


Hace ya muchos años, al caer una tarde, el venerable Pedro Arbuez D’Espila, sexto prior de los Dominicanos de Segovia, el tercer gran inquisidor de España, seguido por un fray redentor, y precedido por dos familiares de Su Santidad, el último llevando un farol, hicieron su entrada en una catacumba subterránea. La cerradura de una enorme puerta crujió, y ellos ingresaron en una celda, donde la luz mortecina revelaba entre anillos sujetados a la pared un potro de tormento manchado de sangre, un brasero y una botija de barro. Sobre una pila de paja, cargado con grilletes, y con su cuello circunvalado por un aro metálico, estaba sentado un hombre muy demacrado, de edad incierta, vestido solo con harapos.

Este prisionero no era otro que Rabbi Aser Abarbanel, un judío de Aragón, quien fuera acusado de usura e impiedad por los pobres, y que había sido sometido diariamente a torturas por más de un año. Aún “su ceguera era tan densa como su recato” y se negaba a abjurar de su fe.

Orgulloso de una ascendencia que databa de cientos de años, orgulloso de sus ancestros, todos judíos dignos de su nombre, él descendía según el Talmud, de Otoniel, y consecuentemente de Ipsiboa, esposa del último juez de Israel, una circunstancia que había acrecentado su coraje entre las incesantes torturas. Con lágrimas en sus ojos, el venerable Pedro Arbuez D’Espila, dirigiéndose al estremecido rabbi, le recomendó:

— Hijo mío, alégrate: tu proceso está por llegar a su fin. Si en la presencia de tal obstinación fui forzado a permitir, con profundo desagrado, el uso de gran severidad, mi tarea de fraternal corrección tiene sus límites. Tu eres la higuera que, habiendo fallado en muchas temporadas en dar sus frutos, al final se marchitó, pero solamente Dios puede juzgar tu alma. Tal vez, la Infinita Piedad brille sobre tí en el último momento. Nosotros así lo esperamos. Hay ejemplos. Entonces duerme bien por la noche. Mañana serás incluido en un auto de fe: esto es, serás expuesto al quemadero, las llamas simbólicas del Fuego Eterno: solo quema, mi hijo, a la distancia; y la Muerte tardará al menos dos (hasta tres) horas en venir, en cuenta de los vendajes húmedos y helados con los que envolvemos las cabezas y corazones de los condenados. Habrá otros cuarenta y tres contigo. Te ubicarás en la última fila, para que tengas tiempo de invocar a Dios y ofrecerle a Él tu bautismo de fuego, que será del Espíritu Santo.

Con estas palabras, habiendo señalado a los guardias para desencadenar al prisionero, el prior lo abrazó tiernamente. Entonces fue el turno del fray redentor, quien, en un tono bajo, por el perdón para el judío por el que se lo había hecho sufrir con el propósito de redimirlo; entonces los dos familiares silenciosamente lo besaron. Luego de esta ceremonia, el cautivo fue soltado, solitario y desconcertado, en la oscuridad.

Rabbi Aser Abarbanel, con labios emparchados y el rostro consumido por el sufrimiento, al principio se quedó mirando fijamente las puertas cerradas de su celda. ¿Cerradas? La palabra inconscientemente rozó un vago capricho en su mente, el capricho que había tenido por un instante al ver la luz de las linternas a través de una grieta entre la puerta y la pared. Una mórbida idea de esperanza, debido a la debilidad de su mente, se agitó en su entera humanidad. Él se arrastró a través de la extraña visión. Entonces, muy cautelosamente, deslizó un dedo en la hendidura, provocando la apertura de la puerta delante suyo. ¡Maravilloso! Por un extraordinario accidente el familiar que la cerró había girado la pesada llave de manera que el pestillo no había entrado en el hueco, y las puertas giraron sobre sus bisagras.

El Rabbi se aventuró con su mirada hacia afuera. Con la ayuda de un polvillo luminoso, él distinguió primeramente un semicírculo de paredes a través de las que se proyectaba una escalera; y opuesto a él, en la cima de seis peldaños de piedra, una especie de portal negro, que se abría a un inmenso corredor, cuyos primeros ángulos eran visibles desde abajo.

Esperanzado se arrastró hasta el umbral. Sí, era realmente un corredor, pero parecía interminable. Una anémica luz lo iluminaba: eran lámparas suspendidas desde el abovedado cielo raso que iluminaban a intervalos deslucido matiz del ambiente, la distancia era cubierta en sombras. No había una puerta en todo el pasillo. Únicamente, a un lado, el izquierdo, había pesadas troneras enrejadas, hundidos en las paredes, lo que dejaba pasar una luz que bien podía ser de la tarde. ¡Y qué terrible silencio! La vacilante esperanza del judío era tenaz ya que podría ser la última.

Sin dubitación, se aventuró en el pabellón, siempre bajo las troneras, tratando de convertirse a sí mismo en parte de la oscuridad de las paredes. Él avanzó lentamente, arrastrándose cuerpo a tierra, acallando los gritos de dolor cuando alguna herida abierta enviaba una aguda punzada a través de su cuerpo.

Súbitamente el sonido de unos pasos que se acercaban alcanzó su oído. Él tembló violentamente, y el miedo se reprimió, su vista se nubló. Bien, eso fue todo, no había duda. Se comprimió en un hueco, y medio muerto de miedo, esperó.

Era un familiar que venía apresurado. Él pasó velozmente, llevando en su mano fuertemente asido un instrumento de tortura, una espantosa figura, y luego desapareció. El pánico en que el rabbi entró pareció haber suspendido sus funciones vitales, y él estuvo cerca de una hora incapaz de moverse. Temiendo que las torturas se reiniciaran si era atrapado, pensó en regresar a su calabozo. Pero la vieja esperanza susurraba en su alma ese divino “tal vez” que nos consuela en las horas de peor dolor. Un milagro se había operado. Él no tenía que dudar ya más. Comenzó a reptar hacia su chance de escapar. Exhausto por el sufrimiento y hambriento, estremecido del dolor, él se apuró a continuar. El sepulcral corredor pareció extenderse misteriosamente, mientras él, aún avanzando, miraba en la oscuridad en donde había más posibilidades de escape.

¡Oh, oh! Nuevamente escuchaba pasos, pero esta vez eran más lentos, más pesados. Las formas negra y blanca de dos inquisidores aparecieron, emergiendo de la oscuridad. Estaban conversando en tono bajo, y parecían discutir sobre algún asunto importante, ya que gesticulaban con vehemencia.

En vista de este espectáculo, Rabbi Aser Abarbanel cerró sus ojos; su corazón latía tan violentamente que casi lo estaba sofocando; sus harapos se humedecieron con el sudor frío de la agonía; él permaneció inmóvil pegado a la pared, su boca abierta, bajo los rayos de una lámpara, rezando al Dios de David.

Justamente enfrente a él, los dos inquisidores tomaron una pausa bajo la luz de la lámpara, indudablemente debido a algún accidente durante el curso de sus argumentaciones. Uno, mientras escuchaba a su compañero, contempló al rabbi. Y, bajo su vista, él se imaginó de nuevo sintiendo las ardientes tenazas quemando sus carnes, él era una vez más un hombre torturado. Desfalleciente, casi sin aliento, con párpados trémulos, él tembló al contacto con la sotana del monje. Pero, extrañamente aunque por un hecho natural, el vistazo del inquisidor no fue otro que el de un hombre evidentemente absorto en su conversación, fascinado por lo que estaba escuchando; sus ojos se clavaron y pareció mirar al judío sin llegar a verlo.

De hecho, luego del lapso de un par de minutos, las dos oscuras figuras lentamente siguieron su camino, aún conversando en tono bajo, hacia el mismo lugar del que el prisionero venía. Él no había sido visto. Entre la horrible confusión en la mente del rabbi, la idea se disparó en su cerebro: ‘¿Puedo estar muerto que ellos no llegan a verme?’ Una horrible impresión lo atacó desde su letargo: mirando hacia la pared contra la cual su cara se pegó, él imaginó estar en presencia, dos feroces ojos que le miraban. Volvió su cabeza hacia atrás en un súbito frenesí de pavor, su cabello se encrespó. ¡Aún no! No. Su mano estuvo a tientas sobre las piedras: era el reflejo de los ojos del inquisidor, aún impresionados en su retina.

¡Adelante! Él tenía que apurarse hacia su ilusión de salvación, a través de la oscuridad, ya que estaba a unos treinta pasos de distancia. Él puso más velocidad a sus rodillas, sus manos, para poder verse a salvo de aquella pesadilla, y pronto entró en la porción de penumbra del terrible corredor.

Súbitamente el pobre miserable sintió una ráfaga de aire frío en las manos; venía desde bajo la pequeña puerta que estaba al final de las dos paredes.

Oh, Cielos, si esta puerta pudiera ser abierta. Todos los nervios del miserable cuerpo del fugitivo se tensaron en la esperanza. Examinó la puerta desde el piso hasta el marco superior, apenas era capaz de distinguir su contorno a pesar de la oscuridad reinante. Él pasó su mano sobre la puerta: no tenía cerradura, ¡no había cerradura! ¡Un picaporte! La empujó, el picaporte cedió a la presión de su pulgar: la puerta silenciosamente se abrió delante de él.

— ¡Halleluia! —murmuró el rabbi en una muestra de gratitud que, estando en el umbral, mientras contemplaba la escena delante de él.

La puerta se había abierto a un jardín, enmarcado en un cielo astrífero, ¡en primavera, libertad, vida! Se revelaban los campos vecinos, donde se dilataban las sierras, cuyas sinuosas líneas azules se recortaban contra el horizonte. ¡Por fin la libertad! ¡Oh, el escape! Él podría pasar toda la noche bajo los limoneros, cuyas fragancias lo embargaban. Una vez en las montañas estaría libre y seguro. Inhaló el delicioso aire; la brisa lo revivió, sus pulmones se expandieron. Sintió en su corazón las Veniforas de Lázaro. Y para agradecer una vez más a Dios que le había otorgado su Gracia, él extendió sus brazos, elevando sus ojos al Cielo. ¡Fue un éxtasis de felicidad!

Entonces él imaginó que veía la sombra de sus brazos acercarse a sí, creyendo que estos oscuros brazos lo rodeaban, y como que era afectuosamente presionado contra el pecho de alguien. Una figura alta estaba frente a él. Él bajo sus ojos, y permaneció inmóvil, jadeando para respirar, deslumbrado, con la vista fija, atontado por el terror.

¡Horror! Él estaba en el abrazo del Gran Inquisidor, el venerable Pedro Arbuez D’Espila, que lo contemplaba con ojos húmedos de lágrimas, como un buen pastor que ha encontrado a su oveja descarriada.

El oscuro sacerdote presionó al desventurado judío contra su corazón con enorme fervor, con un arranque de amor, que el filo de la toga friccionó el pecho del dominico. Y mientras Aser Abarbanel con ojos desorbitados gemía en agonía del abrazo del místico, vagamente comprendió que todas las fases de su fatal tarde fueron únicamente parte de una tortura premeditada, la de la Esperanza. El Gran Inquisidor, con un acento de reprobación y una mirada de consternación, murmuró en su oído, su respiración árida y ardiente de un largo ayuno:

— ¡Qué, hijo mío! En la víspera, probablemente, de tu salvación, deseas dejarnos?



FIN

domingo, 4 de mayo de 2014

Es que somos muy pobres (Juan Rulfo)

Juan Nepomuceno Carlos Pérez Rulfo Vizcaíno
Juan Rulfo

(16 de mayo de 1917 Sayula, estado de Jalisco- 7 de enero de 1986 Ciudad de México)

Premio Nacional de Literatura en México, 1970
Premio Príncipe de Asturias en España, 1983






Es que somos muy pobres
Publicado en El Llano en Llamas (1953)


Aquí todo va de mal en peor. La semana pasada se murió mi tía Jacinta, y el sábado, cuando ya la habíamos enterrado y comenzaba a bajársenos la tristeza, comenzó a llover como nunca. A mi papá eso le dio coraje, porque toda la cosecha de cebada estaba asoleándose en el solar. Y el aguacero llegó de repente, en grandes olas de agua, sin darnos tiempo ni siquiera a esconder aunque fuera un manojo; lo único que pudimos hacer, todos los de mi casa, fue estarnos arrimados debajo del tejaván, viendo cómo el agua fría que caía del cielo quemaba aquella cebada amarilla tan recién cortada.

Y apenas ayer, cuando mi hermana Tacha acababa de cumplir doce años, supimos que la vaca que mi papá le regaló para el día de su santo se la había llevado el río.


El río comenzó a crecer hace tres noches, a eso de la madrugada. Yo estaba muy dormido y, sin embargo, el estruendo que traía el río al arrastrarse me hizo despertar en seguida y pegar el brinco de la cama con mi cobija en la mano, como si hubiera creído que se estaba derrumbando el techo de mi casa. Pero después me volví a dormir, porque reconocí el sonido del río y porque ese sonido se fue haciendo igual hasta traerme otra vez el sueño.

Cuando me levanté, la mañana estaba llena de nublazones y parecía que había seguido lloviendo sin parar. Se notaba en que el ruido del río era más fuerte y se oía más cerca. Se olía, como se huele una quemazón, el olor a podrido del agua revuelta.

A la hora en que me fui a asomar, el río ya había perdido sus orillas. Iba subiendo poco a poco por la calle real, y estaba metiéndose a toda prisa en la casa de esa mujer que le dicen la Tambora. El chapaleo del agua se oía al entrar por el corral y al salir en grandes chorros por la puerta. La Tambora iba y venía caminando por lo que era ya un pedazo de río, echando a la calle sus gallinas para que se fueran a esconder a algún lugar donde no les llegara la corriente.

Y por el otro lado, por donde está el recodo, el río se debía de haber llevado, quién sabe desde cuándo, el tamarindo que estaba en el solar de mi tía Jacinta, porque ahora ya no se ve ningún tamarindo. Era el único que había en el pueblo, y por eso nomás la gente se da cuenta de que la creciente esta que vemos es la más grande de todas las que ha bajado el río en muchos años.

Mi hermana y yo volvimos a ir por la tarde a mirar aquel amontonadero de agua que cada vez se hace más espesa y oscura y que pasa ya muy por encima de donde debe estar el puente. Allí nos estuvimos horas y horas sin cansarnos viendo la cosa aquella. Después nos subimos por la barranca, porque queríamos oír bien lo que decía la gente, pues abajo, junto al río, hay un gran ruidazal y sólo se ven las bocas de muchos que se abren y se cierran y como que quieren decir algo; pero no se oye nada. Por eso nos subimos por la barranca, donde también hay gente mirando el río y contando los perjuicios que ha hecho. Allí fue donde supimos que el río se había llevado a la Serpentinala vaca esa que era de mi hermana Tacha porque mi papá se la regaló para el día de su cumpleaños y que tenía una oreja blanca y otra colorada y muy bonitos ojos.

No acabo de saber por qué se le ocurriría a La Serpentina pasar el río este, cuando sabía que no era el mismo río que ella conocía de a diario. La Serpentina nunca fue tan atarantada. Lo más seguro es que ha de haber venido dormida para dejarse matar así nomás por nomás. A mí muchas veces me tocó despertarla cuando le abría la puerta del corral porque si no, de su cuenta, allí se hubiera estado el día entero con los ojos cerrados, bien quieta y suspirando, como se oye suspirar a las vacas cuando duermen.
Y aquí ha de haber sucedido eso de que se durmió. Tal vez se le ocurrió despertar al sentir que el agua pesada le golpeaba las costillas. Tal vez entonces se asustó y trató de regresar; pero al volverse se encontró entreverada y acalambrada entre aquella agua negra y dura como tierra corrediza. Tal vez bramó pidiendo que le ayudaran. Bramó como sólo Dios sabe cómo.


Yo le pregunté a un señor que vio cuando la arrastraba el río si no había visto también al becerrito que andaba con ella. Pero el hombre dijo que no sabía si lo había visto. Sólo dijo que la vaca manchada pasó patas arriba muy cerquita de donde él , estaba y que allí dio una voltereta y luego no volvió a ver ni los cuernos ni las patas ni ninguna señal de vaca. Por el río rodaban muchos troncos de árboles con todo y raíces y él estaba muy ocupado en sacar leña, de modo que no podía fijarse si eran animales o troncos los que arrastraba.

Nomás por eso, no sabemos si el becerro está vivo, o si se fue detrás de su madre río abajo. Si así fue, que Dios los ampare a los dos.

La apuración que tienen en mi casa es lo que pueda suceder el día de mañana, ahora que mi hermana Tacha se quedó sin nada. Porque mi papá con muchos trabajos había conseguido a la Serpentina, desde que era una vaquilla, para dársela a mi hermana, con el fin de que ella tuviera un capitalito y no se fuera a ir de piruja como lo hicieron mis otras dos hermanas, las más grandes.

Según mi papá, ellas se habían echado a perder porque éramos muy pobres en mi casa y ellas eran muy retobadas. Desde chiquillas ya eran rezongonas. Y tan luego que crecieron les dio por andar con hombres de lo peor, que les enseñaron cosas malas. Ellas aprendieron pronto y entendían muy bien los chiflidos, cuando las llamaban a altas horas de la noche. Después salían hasta de día. Iban cada rato por agua al río y a veces, cuando uno menos se lo esperaba, allí estaban en el corral, revolcándose en el suelo, todas encueradas y cada una con un hombre trepado encima.

Entonces mi papá las corrió a las dos. Primero les aguantó todo lo que pudo; pero más tarde ya no pudo aguantarlas más y les dio carrera para la calle. Ellas se fueron para Ayutla o no sé para dónde; pero andan de pirujas.

Por eso le entra la mortificación a mi papá, ahora por la Tacha, que no quiere vaya a resultar como sus otras dos hermanas, al sentir que se quedó muy pobre viendo la falta de su vaca, viendo que ya no va a tener con qué entretenerse mientras le da por crecer y pueda casarse con un hombre bueno, que la pueda querer para siempre. Y eso ahora va a estar difícil. Con la vaca era distinto, pues no hubiera faltado quien se hiciera el ánimo de casarse con ella, sólo por llevarse también aquella vaca tan bonita.

La única esperanza que nos queda es que el becerro esté todavía vivo. Ojalá no se le haya ocurrido pasar el río detrás de su madre. Porque si así fue, mi hermana Tacha está tantito así de retirado de hacerse piruja. Y mamá no quiere.

Mi mamá no sabe por qué Dios la ha castigado tanto al darle unas hijas de ese modo, cuando en su familia, desde su abuela para acá, nunca ha habido gente mala. Todos fueron criados en el temor de Dios y eran muy obedientes y no le cometían irreverencias a nadie. Todos fueron por el estilo. Quién sabe de dónde les vendría a ese par de hijas suyas aquel mal ejemplo. Ella no se acuerda. Le da vueltas a todos sus recuerdos y no ve claro dónde estuvo su mal o el pecado de nacerle una hija tras otra con la misma mala costumbre. No se acuerda. Y cada vez que piensa en ellas, llora y dice: “Que Dios las ampare a las dos.”

Pero mi papá alega que aquello ya no tiene remedio. La peligrosa es la que queda aquí, la Tacha, que va como palo de ocote crece y crece y que ya tiene unos comienzos de senos que prometen ser como los de sus hermanas: puntiagudos y altos y medio alborotados para llamar la atención.

—Sí —dice—, le llenará los ojos a cualquiera dondequiera que la vean. Y acabará mal; como que estoy viendo que acabará mal.

Ésa es la mortificación de mi papá.

Y Tacha llora al sentir que su vaca no volverá porque se la ha matado el río. Está aquí a mi lado, con su vestido color de rosa, mirando el río desde la barranca y sin dejar de llorar. Por su cara corren chorretes de agua sucia como si el río se hubiera metido dentro de ella.

Yo la abrazo tratando de consolarla, pero ella no entiende. Llora con más ganas. De su boca sale un ruido semejante al que se arrastra por las orillas del río, que la hace temblar y sacudirse todita, y, mientras, la creciente sigue subiendo. El sabor a podrido que viene de allá salpica la cara mojada de Tacha y los dos pechitos de ella se mueven de arriba abajo, sin parar, como si de repente comenzaran a hincharse para empezar a trabajar por su perdición.


martes, 22 de abril de 2014

Man-Eating-Cats (Haruki Murakami)


Haruki Murakami (村上 春樹) (Nació en Kyoto, Japón en 1949)



Premio Internacional Franz Kafka 2006






Man-Eating-Cats



I bought a newspaper at the harbor and came across an article about an old woman who had been eaten by cats. She was seventy years old and lived alone in a small suburb of Athens -- a quiet sort of life, just her and her three cats in a small one-room apartment. One day, she suddenly keeled over face down on the sofa -- a heart attack, most likely. Nobody knew how long it had taken for her to die after she collapsed. The old woman didn't have any relatives or friends who visited her regularly, and it was a week before her body was discovered. The windows and door were closed, and the cats were trapped. There wasn't any food in the apartment. Granted, there was probably something in the fridge, but cats haven't evolved to the point where they can open refrigerators. On the verge of starvation, they were forced to devour their owner's flesh.

I read this article to Izumi, who was sitting across from me. On sunny days, we'd walk to the harbor, buy a copy of the Athens English-language newspaper, and order coffee at the cafe next door to the tax office, and I'd summarize in Japanese anything interesting I might come across. That was the extent of our daily schedule on the island. If something in a particular caught our interest, we'd bat around opinions for a while, Izumi's English was pretty fluent, and she could easily have read the articles herself. But I never once saw her pick up a paper.

"I like to have someone to read to me," she explained. "It's been my dream ever since.

I was a child -- to sit in a sunny place, gave at the sky or the sea, and have someone read aloud to me. I don't care what they read -- a newspaper, a textbook, a novel. It doesn't matter. But no one's ever read to me before. So I suppose that means you're making up for all those lost opportunities. Besides, I love your voice."

We had the sky and the sea there, all right. And I enjoyed reading aloud. When I lived in Japan, I used to read picture books aloud to my son. Reading aloud is different from just sentences with your eyes. Something quite unexpected wells up in your mind, a kind of indefinable resonance that I find impossible to resist.

Taking the occasional sip of bitter coffee, I slowly read the article to Izumi. I'd read a few lines to myself, mull over how to put them into Japanese, then translate aloud. A few bees popped up from somewhere to lick the jam that a previous customer spilled on the table. They spent a moment lapping it up, then, as if suddenly remembering something, flew into the air with a ceremonious buzz, circled the table a couple of times, and then -- again as if something had jogged their memory -- settled once more on the tabletop. After I had finished reading the whole article, Izumi sat there, unmoving, elbow resting on the table. She put the tips of the fingers of her right hand against those of her left to form a tent. I rested the paper on my lap and gazed at her slim hands. She looked at me through the spaces between her fingers.


"Then what happened?" she asked.

"That's it" I replied, and folded up the paper. I took a handkerchief out of my pocket and wiped the flecks of coffee grounds off my lips. "At least, that's all it says."

"But what happened to the cats?"

I stuffed the handkerchief back in my pocket. "I have no idea. It doesn't say."

Izumi pursed her lips to one side, her own little habit. Whenever she was about to give an opinion, which always took the form of a mini-declaration, she pursed her lips like that, as if she were yanking a bed sheet to smooth out a stray wrinkle. When I first met her, I found this habit quite charming.

"Newspapers are all the same, no matter where you go," she finally announced. "They never tell you what you really want to know."

She took a Salem out of its box, put it in her mouth, and struck a match. Every day, she smoked one pack of Salem -- no more, no less. She'd open a new pack in the morning x and smoke it up by the end of the day. I didn't smoke. My wife had made me quit, five years earlier, when she was pregnant.

"What I really want to know." Izumi began, the smoke from her cigarette silently curling up into the air, "is what happened to the cats afterward. Did the authorities kill them because they'd eaten human fresh? Or did they say, 'You guys have had a tough time of it,' give them a pat on the head, and send them on their way! What do you think?"

I gazed at the bees hovering over the table and thought about it. For a fleeting instant, the restless little bees licking up the jam and the three cats devouring the old woman's flesh became one in my mind. A distant seagulls shrill squawk overlapped the buzzing of the bees, and for a second or two my consciousness strayed on the border between reality and the unreal. Where was I? What was I doing here? I couldn't get a purchase on the situation. I took a deep breath, gazed up at the sky, and turned to Izumi.

"I have no idea."

"Think about it. If you were that town's mayor or chief of police, what would you do with those cats?"

"How about putting them in an institution to reform them?" I said. "Turn them into vegetarians."

Izumi didn't laugh. She took a drag on her cigarette and ever slowly let out a stream of smoke. "That story reminds me of a lecture I heard just after I started at my Catholic junior high school. Did I tell you I went to a very strict Catholic school? Just after the entrance ceremony, one of the head nuns had us all assemble in an auditorium, and then she went up to the podium and gave a talk about Catholic doctrine. She told us a lot of things, but what I remember most, actually, the only thing I remember is this story about being shipwrecked on a desert island with a cat."

"Sound interesting," I said.

"'You're in a shipwreck,' she told us. 'The only ones who make it to the lifeboat are you and a cat. You land on some nameless desert island, and there's nothing there to eat. All you have is enough water and dry biscuit to sustain one person for about ten days.' She said, 'All right, everyone, I'd like you to imagine yourselves in this situation. Close your eyes and try to picture it. You alone on the desert island, just you and the cat. You have almost no food at all. Do you understand? You're hungry, thirsty, and eventually you'll die. What should you do? Should you share your meagre store of food with the cat? No you should not. That would be a mistake. You are all precious beings, chosen by God, and the cat is not. That's why you should eat all the food yourself.' The nun gave us this deadly serious look. I was a bit shocked. What could possibly be the point of telling a story like that to kids who'd just started at the school? I thought, Whoa, what kind of place have I got myself into?"

Izumi and I were living in an efficiency apartment on a small Greek island. It was off-season, and the island wasn't exactly a tourist spot, so the rent was cheap. Neither of us had heard of the island before we got there. It lay near the border of Turkey, and on clear day you could just make out the green Turkish mountains. On windy days, the local joked, you could smell the shish kebab. All joking aside, our island was closer to the Turkish shore than to the next closest Greek island, and there -- looming right before our eyes -- was Asia Minor.

In the town square, there was a statue of a hero of Greek independence. He had led an insurrection on the Greek mainland and planned an uprising against the Turks, who controlled the island then. But the Turk captured him and put him to death. They set up a sharpened stake in the square beside the harbor, stripped the hapless hero naked, and lowered him onto it. The weight of his body drove the stake through his anus and then the rest of his body until it finally came out of his mouth! an incredibly slow, excruciating way to die. The statue was erected on the spot where this was supposed to have happened. When it was first built, it must have been impressive, but now, what with the sea wind, dust, and seagull droppings, one could barely make out the man´s features. The locals hardly gave the shabby statue a passing glance, and for his part the hero looked as though he'd turned his back on the people, the island, the world.

When Izumi and I sat at our outdoor cafe, drinking coffee or beer, aimlessly gazing at the boat in the harbor and at the far-off Turkish hills, we were sitting at the edge of Europe. The wind was the wind at the edge of the world. An inescapable retro color filled the place. It made me feel as if I were being quietly swallowed up by an alien reality, something foreign and just out of reach, vague yet strangely gentle. And the shadow of that substance colored the faces, the eyes, the skin of the people gathered in the harbor.

At times, I couldn't grasp the fact that I was part of this scene. No matter how much I took in the scenery around me, no matter how much I breathed in the air, there was no organic connection between me and all this.

Two months before, I had been living with my wife and our four-year-old son in a three-bedroom apartment in Unoki, in Tokyo. Not a spacious place, just your basic, functional apartment. My wife and I had our own bedroom, so did our son, and the remaining room served as my study. The apartment was quiet, with a nice view. On weekend, the three of us would take walk along the banks of the Tama River. In spring, the cherry trees by the river would blossom, and I'd put my son on the back of my bike, and we'd go off to watch the Tokyo Giants Triple A team in spring training.

I worked at a medium-sized design company that specialized in book and magazine layouts. Calling me a "designer" makes it sound more than it was, since the work was fairly cut-and-dried. Nothing flamboyant or imaginative. Most of the time, our schedule was a bit too hectic, and several times a month I had to pull an all-nighter at the office. Some of the work bored me to tears. Still, I didn't mind the job, and the company was a relaxed place. Because I had seniority, I was able to pick and choose my assignment and say pretty much whatever wanted to. My boss was O.K., and I got along with my co-workers. And the salary wasn't half bad. So if nothing had happened, I probably would have stayed with the company for the foreseeable future. And my life, like the Moldau River -- or, more precisely, the nameless water that makes up the Moldau River -- would have continued to flow, ever so swiftly, into the sea.

But then I met Izumi.

Izumi was ten years younger than I was. We met at a business meeting. Something clicked between us the first time we laid eyes on each other. Not the kind of thing that happens all that often. We met a couple of times after that, to go over the details of our joint project. I'd go to her offices or she'd drop by mine. Our meetings were always short, other people were involved, and it was basically all business. When our project was finished, though, a terrible loneliness swept over me; as if something absolutely vital had been forcibly snatched from my grasp. I hadn't felt like that in years. And I think she felt the same way.

A week later, she phoned my office about some minor matter and we chatted for a bit. I told a joke, and she laughed. "Want to go out for a drink?" I asked. We went to a small bar and had a few drinks. I can't recall exactly what we talked about, but we found a million topics and could have talked forever. With a laserlike clarity, I could grasp everything she wanted to say. And things I couldn't explain well to anyone else came across to her with an exactness that took me by surprise. We were both married, with no major complaints about our married lives. We loved our spouses and respected them. Still, this was on the order of a minor miracle, running across someone to whom you can express your feeling so clearly, so completely. Most people go their entire lives without meeting a person like that. It would have been a mistake to label this "love". It was more like total empathy.

We started going out regularly for drinks. Her husband's job kept him out late, so she was free to come and go as she pleased. When got together, though, the time just flew by. We'd look at our watches and discover that we could barely make the last train. It was always hard for me to say goodbye. There was so much more we wanted to tell each other.

Neither one of us lured the other to bed, but we did start sleeping together. We'd both been faithful to our spouses up to that point, but somehow we didn't feel guilty, for the simple reason that we had to do it. Undressing her, caressing her skin, holding her close, slipping inside her, coming -- it was all just a natural extension of our conversations. So natural that our lovemaking was not a source of heartrending physical pleasure; it was just a calm, pleasant act, stripped of all pretense. Best of all were our quiet talks in bed after sex. I'd hold her naked body close, and she'd curl up in my arms, and we'd whisper secrets in our own private language.

We met whenever we could. Strangely enough, or perhaps not so strangely, we were absolutely convinced that our relationship could go on forever, our married lives on one side of the equation, our own relationship on the other, with no problems arising. We were convinced that our affair would never come to light. Sure we had sex, but how was that hurting anyone? One night when I slept with Izumi, I'd get home late and have to make up some lie to tell my wife, and I did feel a pang of conscience, but it never seemed be an actual betrayal. Izumi and I had a strictly compartmentalized yet totally intimate relationship.

And if nothing had happened, maybe we would have continued like that forever, sipping our vodka-and-tonics, slipping between the sheets whenever we could. Or maybe we would have got tired of lying to our spouses and decided to let the affair die a natural death so that we could return to comfortable little life styles. Either way, I don't think things would have turned out badly. I can't prove it, I just have that feeling. But a twist of fate -- inevitable, in retrospect -- intervened, and Izumi's husband got wind of our affair. After grilling her, he barged into my home, totally out of control. As luck would have it, my wife was alone at the time, and the whole thing turned ugly. When I got home, she demanded that I explain what was going on. Izumi had already admitted everything, so I couldn't very well make up some story. I told my wife exactly what happened. "It's not like I'm in love," I explained. "It's a special relationship, but completely different from what I have with you. Like night and day. You haven't detected anything going on, right? That proves it's not the kind of affair you're imagining."

But my wife refused to listen. It was a shock, and she froze and literally wouldn't speak another word to me. The next day, she packed all her things in the car and drove to her parents' place, in Chigasaiki, taking our son with her. I called a couple of times, but she wouldn't come to the phone. Her father came on instead. "I don't want to hear any of your lame excuse," he warned, "and there's no way I'm going to let my daughter go back to a bastard like you." He'd been dead set against our marriage from the start, and his tone of voice said he'd finally been proved right.

At a complete loss, I took a few days off and just lay forlornly alone in bed. Izumi phoned me. She was alone, too. Her husband had left her, as well, but not before slapping her around a bit. He had taken a pair of scissors to every stitch of clothing she owned. From her overcoat to her underwear, it all lay in tatters. She had no idea where he had gone. "I'm exhausted," she said. "I don't know what to do. Everything is ruined, and it'll never be the same again. He's never coming back." She sobbed over the phone. She and her husband had been high-school sweethearts. I wanted to comfort her, but what could I possibly say?

"Let's go somewhere and have a drink," she finally suggested. We went to Shibuya and drank until drawn at an allnight bar. Vodka gimlet for me, Daiquiris for her. I lost track of how much we drank. For the first time since we'd met, we didn't have much to say. At down, we worked off the liquor by walking over to Harajuku, where we had coffee and breakfast at a Denny's. That's when she brought up the idea of going to Greece.

"Greece'" I asked,

"We can't very well stay in Japan," she said, looking deep into my eyes.

I turned the idea around in my mind. Greece? My vodka-soaked brain couldn't follow the logic.

"I've always wanted to go to Greece," she said. "It's been my dream. I wanted to go on my honeymoon, but we didn't have enough money. So let's go! the two of us. And just live there, you know, with no worries about anything. Staying in Japan's just going to depress us, and nothing good will come of it."

I didn't have any particular interest in Greece, but I had to agree with her. We calculated how much money we had between us. She had two and a half million yen in savings, while I could come up with about one and a half million. Four million yen altogether --about forty thousand dollars.

"Forty thousand dollars should last a few years in the Geek countryside," Izumi said. Discount plane tickets would set us back around four thousand. That leaves thirty-six. Figure a thousand a month, and that's enough for three years. Two and a half, to be on the safe side. What do you say? Let's go. We'll let things sort themselves out later on."

I looked around. The early-morning Denny's was crowded with young couples. We were the only couple over thirty. And surely the only couple discussing taking all our money and fleeing to Greece after a disastrous affair. What a mess, I thought. I gazed at the palm of my hand for the longest time. Was this really what my life had come to?

"All right," I said finally. "Let's do it."

At work next day, I handed in my letter of resignation. My boss had heard rumors and decided that it was best to put me on extended leave for the time being. My colleagues were startled to hear that I wanted to quit, but no one tried very hard to talk me out of it. Quitting a job is not so difficult, after all, I discovered. Once you make up your mind to get rid of something, there's very little you can't discard. No ? not very little. Once you put your mind to it, there's nothing you can't get rid of. And once you start tossing things out, you find yourself wanting to get rid of everything. It's as if you'd gambled away almost all your money and decided, What the hell, I'll bet what's left. Too much trouble to cling to the rest.

I packed everything I thought and need into one medium-sized blue Samsonite suitcase. Izumi took about the same amount of baggage.

As we were flying over Egypt, I was suddenly gripped by a terrible fear that someone else had taken my bag by mistake. There had to be tens of thousands of identical blue Samsonite bags in the world. Maybe I'd get to Greece, open up the suitcase, and find it stuffed with some else's possessions. A severe anxiety attack swept over me. If the suitcase got lost, there would be nothing left to link me to my own life just Izumi. I suddenly felt as if I had vanished. It was the weirdest sensation. The person sitting on that plane was no longer me. My brain had mistakenly attached itself to some convenient packaging that looked like me. My mind was in utter chaos. I had to go back to Japan and get back inside my real body. But here was in a jet, flying over Egypt, and there was no turning back. This flesh I was temporarily occupying felt as if it were made out of plaster. If I scratched myself, pieces would flake off. I began to shiver uncontrollably, and I couldn't stop. I knew that if these shakes continued much longer the body I was in would crack apart and turn to dust. The plane was air-conditioned, but I broke out in a sweat. My shirt stuck to my skin. An awful smell arose from me. All the while, Izumi held my hand tightly and gave me the occasional hug. She didn't say a word, but she knew how I was feeling. The shake went on for a good half hour; I wanted to die -- to stick the barrel of a revolver in my ear and pull the trigger, so that my mind and my flesh would turn to dust.

After the shakes subsided, though, I suddenly felt lighter. I relaxed my tense shoulder and gave myself up to the flow of time. I fell into a deep sleep, and when I opened my eye, there below me lay the azure waters of the Aegean.

The biggest problem facing us on the island was an almost total lack of things to do. We didn't work, we had no friends. The island had no movie theatres or tennis courts or books to read. We'd left Japan so abruptly that I had completely forgotten to bring books. I read two novels I'd picked up at the airport, a copy of Aeschylus' tragedies that Izumi had brought along. I read them all twice. To cater to tourists, the kiosk at the harbor stocked a few English paperbacks, but nothing caught my eye. Reading was my passion, and I'd always imagined that if I had free time I'd wallow in books, but, ironically, here I was -- with all the time in the world and nothing to read.

Izumi started studying Greek. She'd brought along a Greek-language text, and made a chart of verb conjugations that she carried around, reciting verbs aloud like a spell. She got to the point where she was able to talk to the shopkeepers in her broken Greek, and to the waiters when we stepped by the cafe, so we managed to make a few acquaintances. Not to be outdone, I dusted off my French. I figured it would come in handy someday, but on this seedy little island I never ran across a soul who spoke French. In town, we were able to get by with English. Some of the old people knew Italian or German. French, though, was useless.

With nothing much to do, we walked everywhere. We tried fishing in the harbor but didn't catch a thing. Lack of fish wasn't the problem, it was, water was too clear. Fish could see all the way from the hook up to the face of the person trying to catch the. You'd have to be a pretty dumb fish to get caught that way. I bought sketchbook and a set of watercolors at a local shop and tramped around the island sketching the scenery and the people. Izumi would sit beside me, looking at my paintings, memorizing her Greek conjugations. Local people often came to watch me sketch. To kill time, I'd draw their portrait, which seemed to be a big hit. If I gave them the picture, they'd often treat us to a beer. Once, a fisherman gave us a whole octopus.

"You could make a living doing portraits, Izumi said. "You're good, and you could male a nice little business out of it. Play up the fact that you're a Japanese artist. Can't be many of them around here."

I laughed, but her expression was serious. I pictured myself trekking around the Greek isles, picking up spare change drawing portraits, enjoying the occasional free beer. Not such a bad idea, I concluded.

"And I'll be a tour coordinator for Japanese tourists," Izumi continued. "There should be more of them as time goes by, and that will help make ends meet. Of course, that means I'll have to get serious about learning Greek."

"Do you really think we can spend two and a half years doing nothing?" I asked.

"As long as we don't get robbed or sick or something. Barring the unforeseen, we should be able to get by. Still, it's always good to prepare for the unexpected."

Until then, I'd almost never been to a doctor, I told her.

Izumi stared straight at me, pursed her lips, and moved them to one side.

"Say I got pregnant;" she began. "What would you do? You protect yourself the best you can, but people make mistakes. If that happened, our money would run out pretty quick"

If it comes to that, we should probably go back to Japan." I said.

"You don't get it. do you?" she said quietly "We can never go back to Japan."

Izumi continued her study of Greek, I my sketching. This was the most peaceful time in my whole life. We ate simply and carefully sipped the cheapest wines. Every day, we'd climb a nearby hill. There was a small village on top, and from there we could see other islands far away. With all the fresh air and exercise, I was soon in good shape. After the sun set on the island, you couldn't hear a sound. And in that silence Izumi and I would quietly make love and talk about all kinds of things. No more worrying about making the last train, or coming up with lies tell our spouses. It was wonderful beyond belief. Autumn deepened bit by bit, and early winter came on. The wind picked up, and there were witecaps in the sea.

It was around this time that we read the story about the man-~eating cat. In the same paper, there was a report about the Japanese emperor's condition worsening, but we'd bought it only to cheek on exchange rates. The yen was continuing to gain against the drachma. This was vital for us; the stronger the yen, the more money we had.

"Speaking of cats," I said. a few days after we'd read the article, "when I was a child I had a cat who disappeared in the strangest way."

Izumi seemed to want to hear more. She lifted her face from her conjugation chart and looked at me "How so?"

"I was in second, maybe third grade. We lived in a company house that had a big garden. There was this ancient pine tree in the garden, so tall you could barely see the top of it. One day, I was sitting on the back porch reading a book, while our tortoiseshell cat was playing in the garden. The cat was leaping about by itself, the way cats do sometimes. It was all worked up something, completely oblivious of the fact that I was watching it. The longer I watched, the more frightened I became. The cat seemed possessed, jumping around, its fur standing on end. It was as if it was something that I. couldn't. Finally, it started racing around and around the pine tree, just like the tiger in 'Little Black Sambo.' Then it screeched to an abrupt halt and scrambled up the tree to the highest branches. I could just make out its little face way up in the topmost branches. The cat was still excited and tense. It was hiding in the branches, staring out at something. I called its name, but it acted like it didn't hear me."

"What was the cat's name?" Izumi asked.

"I forget," I told her. "Gradually, evening came on, and it grew darker. I was worried and waited for a long time for the cat to climb down. Finally, it got pitch dark And we never saw the cat again."

"That's not so unusual," Izumi said. "Cats often disappear like that. Especially when they're in heat. They get overexcited and then can't remember how to get home. The cat must have come down from the pine tree and gone off somewhere when you weren't watching."

"I suppose," I said. "But I was still a kid then, and I was positive that the cat had decided to live up in the tree. There had to be some reason that it couldn't come down. Every day, I'd sit on the porch and look up at the pine tree, hoping to see the cat peeking out between the branches."

Izumi seemed to have lost interest. She lit her second Salem, then raised her head and looked at me.

"Do you think about your child sometime?" She asked.

I had no idea how to respond. "Sometimes I do," I said honestly. "But not all the time. Occasionally something will remind me."

"Don't you want to see him?"

"Sometime I do," I said. But that was a lie, I just thought that that was the way I was supposed to feel. Whenever I was living with my son, I thought he was the cutest thing I'd ever seen. Whenever I got home late, I'd always go to my son's room first, to see his sleeping face. Sometimes I was seized by a desire to squeeze him so hard he might break. Now everything about him -- his face, his voice, his actions -- existed in a distant land. All I could recall with any clarity was the smell of his soap. I liked to take baths with him and scrub him. He had sensitive skin, so my wife always kept a special bar of soap just for him. All I could recall about my own son was the smell of that soap.

"If you want to go back to Japan, don't let me stop you," lzumi said, "Don't worry about me. I'd manage somehow."

I nodded. But I knew that it wasn't going to happen.

"I wonder if your child will think of you that way when he's grown up," Izumi said. "Like you were a cat who disappeared up a pine tree."

I laughed. "Maybe so," I said.

Izumi crushed out her cigarette in the ashtray and sighed. "Let's go home and make love, all right?" she said.

"It's still morning", I said.

"What's wrong with that?"

"Not a thing," I said.

Later, when I woke up in the middle of the night, Izumi wasn't there. I looked at my watch next to the bed. Twelve-thirty; I fumbled for the lamp, switched it on, and gazed around the room. Everything was as quiet as if someone had stolen in while I slept and sprinkled silent dust all around. Two bent Salem butts were in the ashtray, a balled-up empty cigarette pack beside them. I got out of bed and looked out at the living room. Izumi wasn't there. She wasn't in the kitchen or the bathroom. I opened the door and looked out at the front yard. Just a pair of vinyl lounge chairs, bathed in the brilliant moonlight. "Izumi," I called out in a small voice. Nothing. I called out again, this time more loudly. My heart pounded. Was this my voice? It sounded too loud, unnatural. Still no reply. A faint breeze from the sea rustled the tips of the pampas grass. I shut the door, went back to the kitchen, and poured myself half a glass of wine, to calm down.

Radiant moonlight poured in the kitchen window, throwing weird shadow, the walls and floor. The whole thing looked like the symbolic set of some avant-garde play. I suddenly remembered; the night the cat had disappeared up the pine tree had been exactly like this one, a full moon with not a wisp of cloud. After dinner that night, I'd gone to the porch again to look for the cat. As the night had deepened, the moonlight had brightened. For some inexplicable reason, I couldn't take my eyes off the pine tree. From time to time I was sure that I could make out the cat's eyes, sparkling between the branches. But it was just an illusion.


I tugged on a thick sweater and a pair of jeans, snatched up the coins on the table, put them in my pocket, and went outside. Izumi must have had trouble sleeping and gone out for a walk. That had to be it. The wind had completely died down All I could hear was the sound of my tennis shoes crunching along the gravel, like in an exaggerated movie soundtrack. Izumi must have gone to the harbor, I decided. There was only one road to the harbor, so I couldn't miss her. The lights in the house along the road were all off, the moonlight dyeing the ground silver. It looked like the bottom of the sea.

About halfway to the harbor, I heard the faint sound of music and came to a halt. At first I thought it was a hallucination, like when the air pressure changes and you hear a ringing in your ears. But, listening carefully, I was able to make out a melody. I held my breath and listened as hard as I could. No doubt about it, it was music. Somebody playing an instrument. Live, unamplified music. But what kind of instrument was it? The mandolinlike instrument that Anthony Quinn danced to in "Zorba the Greek"? A bouzouki? But who would be playing a bouzouki in the middle of the night? And where?

The music seemed to be coming from the village at the top of the hill we climbed every day for exercise. I stood at the crossroads, wondering what to do, which direction to take. Izumi must have heard the same music at this very spot. And I had a distinct feeling that if she had she would have headed toward it.

I took the plunge and turned right at the crossroads, heading up the slope I knew so well. There were no trees lining the path, just knee-high thorny bushes away in the shadows of the cliffs. The farther I walked the louder and more distinct the music grew. I could make out the melody more clearly; too. There was a festive flashiness to it. I imagined some sort of banquet being held in the village on top of the hill. Then I remembered that earlier that day, at the harbor, we had seen a lively wedding procession. This must be the wedding banquet, going on into the night.

Just then -- without warning -- I disappeared.

Maybe it was the moonlight, or that midnight music. With each step I took, I felt myself sinking deeper into a quicksand where my identity vanished; it was the same emotion I'd had on the plane, flying over Egypt. This wasn't me walking in the moonlight. It wasn't me but a stand-in, fashioned out of plaster. I rubbed my hand against my face. But it wasn't my face. And it wasn't my hand. My heart pounded in my chest, sending the blood coursing through my body at a crazy speed. This body was a plaster puppet, a voodoo doll into which some sorcerer had breathed a fleeting life. The glow of real life was missing. My makeshift, phony muscles were just going through the motions. I was a puppet, to be some sacrifice.

So where is the real me? I wondered.

Suddenly, Izumi's voice came out of nowhere. The real you has been eaten by the cats. While you've been standing here, those hungry cats have devoured you -- eaten you all up. All that's left is bones.

I looked around. It was an illusion, of course. All I could see was the rockstrewn ground, the low bushes, and their tiny shadow. The voice had been on my head.

Stop thinking such dark thoughts, I told myself. As if trying to avoid a huge wave, I clung to a rock at the bottom of the sea and held my breath. The wave would surely pass by. You're just tired, I told myself, and overwrought. Grab on 'to what's real. It doesn't matter what just grab something real. I reached into my pocket for the coins. They grew sweaty in my hand.

I tried hard to think of something else. My sunny apartment back in Unoki. The record collection I'd left behind. My nice little jazz collection. My specialty was white jazz pianist of the fifties and sixties. Lennie Tristano, Al Haig, Claude Williamson, Lou Levy, Russ Freeman … Most of the albums were out of print, and it had taken a lot of time and money to collect them. I had diligently made the rounds of record shops, making trades with other collectors, slowly building up my archives. Most of the performances weren't what you'd call "first-rate." But I loved the unique, intimate atmosphere those musty old records conveyed. The world would be a pretty dull place if it were made up of only the first-rate, right? Every detail of those record jackets came back to me the weight and heft of the albums in my hands.

But now they were all gone forever. And I'd obliterated them myself. Never again in this lifetime would I hear those records.


I remembered the smell of tobacco when I kissed Izumi. The feel of her lips and tongue. I closed my eyes. I wanted her beside me. I wanted her to hold my hand, as sec had when we flew over Egypt, and never let go.

The wave finally passed over me and away; and with it the music.

Had they stopped playing? Certainly that was a possibility. After all, it was nearly one o'clock. Or maybe there had never been any music to begin with. That, too, was entirely possible. I no longer trusted my hearing. I closed my eyes again and sank down into my consciousnes, dropped a thin, weighted line down into that darkness. But I couldn't hear a thing. Not even an echo.

I looked at my watch. And realized I wasn't wearing one. Sighing, I stuck both hands in my pockets. I didn't really care about the time. I looked up at the sky. The moon was a cold rock, its skin eaten away by the violence of the years. The shadows on its surface were like a cancer extending its awful feelers. The moonlight plays tricks with people's minds. And makes cats disappear. Maybe it had made Izumi disappear. Maybe it' had all been carefully choreographed, beginning with that one night long ago.

I stretched, bent my arms, my fingers. Should I continue, or go back the way I came? Where had Izumi gone? Without her, how was I supposed to go on living, all by myself on this backwater island? She was the only thing that held together the fragile, provisional me.

I continued to climb uphill. I'd come this far and might as well reach the top. Had there really been music there? I had to see for myself, even if only the faintest of clues remained. In five minutes, I had reached the summit. To the south, the hill sloped down to the sea, the harbor, and the sleeping town. A scattering of street lights lit the coast road. The other side of the mountain was wrapped in darkness. There was no indication whatsoever that a lively festival had taken place here only a short while before.

I returned to the cottage and downed a glass of brandy. I tried to go to sleep, bit I couldn't. Until the eastern sky grew light, I was held in the grip of the moon. Then, suddenly, I pictured those cats, starving to death in a locked apartment. I -- the real me -- was dead, and they were alive, eating my flesh, biting into my heart, sucking my blood, devouring my penis. Far away, I could hear they lapping up my brains. Like Macbeth's witches, the three lithe cats surrounded my broken head, slurping up that thick soup inside. The tips of their rough tongues licked the soft folds of my mind. And with each lick my consciousness flickered like a flame and faded away.




(translated by Philip Gabriel)