miércoles, 26 de febrero de 2014

El hombre sentado en el pasillo (Marguerite Duras)

Marguerite Duras (Gia Dinh, Vietnam, 4 de abril de 1914 - París, Francia 3 de marzo de 1996) seudónimo de Marguerite Donnadieu.

Gran premio del teatro de la 
Academia francesa, 1983

Premio Goncourt, 1984





El hombre sentado en el pasillo
L'Homme assis dans le couloir (1980)*



El hombre habría estado sentado en la sombra del pasillo frente a la puerta abierta hacia fuera.

Mira a una mujer que está tendida a pocos metros de él en un camino de piedras. A su alrededor un jardín que cae en brutal declive a un llano, prolongadas lomas sin árboles, campos que bordean un río. Se ve el paisaje hasta el río. Más allá, muy lejos, y hasta el horizonte, un espacio indeciso, una inmensidad siempre brumosa que bien podría ser la del mar.

La mujer paseó por la cresta de la pendiente frente al río y luego volvió allí donde se encuentra ahora, echada frente al pasillo, al sol. Ella en cambio no puede ver al hombre, la ceguera de la luz estival la separa de la sombra interior.

No puede decirse si sus ojos están entreabiertos o cerrados. Parece descansar. Lleva un vestido claro, de seda clara, rasgado por delante, que deja entreverla. Bajo la seda el cuerpo estaba desnudo. El vestido habría sido quizá de un blanco deslucido, antiguo.

Así lo habría hecho a veces. A veces también lo habría hecho en un modo muy distinto. Muy distinto siempre. Es lo que noto en ella.

No habría dicho nada, ni mirado nada. Frente al hombre sentado en el pasillo oscuro, se ha encerrado tras los párpados. Por entre ellos vislumbra la luz enmarañada del cielo. Ella sabe que él la mira, que lo ve todo. Ella sabe que él tiene los ojos cerrados al igual que lo sé yo, yo quien miro. Se trata de una certidumbre.



Veo que sus piernas que hasta entonces había abandonado medio replegadas con aparente negligencia, veo que las recoge, que las junta siempre más fuerte con un movimiento concienzudo, penoso. Que las aprieta tan fuerte que su cuerpo se deforma y se ve poco a poco privado de su volumen habitual. Luego veo que el esfuerzo cede bruscamente y, con él, todo movimiento. He aquí que de pronto el cuerpo tiene la rectitud de una imagen definitiva. Con la cabeza reclinada sobre el brazo, ella se ha inmovilizado en esa posición del sueño. Frente a ella el hombre que calla.



Ante ellos, las prolongadas lomas inmutables que conducen al río. Llegan nubes, avanzan juntas, se persiguen con regular lentitud. Van en dirección de la desembocadura del río hacia la indefinida inmensidad. Sus sombras mates son ligeras, por sobre los campos, por sobre el río.

De la casa en la explanada no llega ruido alguno.



Ella habría vuelto a moverse. Lo habría hecho lenta y largamente ante él quien mira. El azul de los ojos en el pasillo oscuro que sorben la luz, bien lo sabe ella, taladrándola. Veo que ahora ella levanta las piernas y las separa del resto del cuerpo. Lo hace igual que las ha recogido, con un movimiento concienzudo y penoso, con tanta fuerza que su cuerpo, contrariamente al momento que ha precedido, se mutila cual largo es, se deforma hasta el punto de una posible fealdad. Otra vez se inmoviliza así abierta a él. La cabeza sigue desviada del cuerpo, reclinada sobre el brazo. A partir de entonces, ella permanece en esa posición obscena, bestial. Se ha vuelto fea, ha pasado a ser lo que habría sido de ser fea. Es fea. Allí está, hoy, en su fealdad.

Veo el enclave del sexo entre los labios separados y que todo el cuerpo se petrifica a su alrededor en un abrasamiento que va en aumento. No veo el rostro. Veo flotar la belleza, indecisa, por las inmediaciones del rostro pero no consigo que se funda con él hasta hacerla suya. No veo más que su óvalo desviado, el plano tenso, muy puro. Creo que los ojos cerrados deberían ser verdes. Pero me detengo en los ojos. E incluso si consigo retenerlos largo tiempo en los míos no me dan la totalidad del rostro. El rostro permanece desconocido. Veo el cuerpo. Lo veo entero con violenta proximidad. Chorrea sudor, se encuentra en un fulgor solar de aterradora blancura.

El hombre todavía habría esperado.

Y luego ella lo habría conseguido. La fuerza del sol es tal que con el fin de resistirlo grita. Muerde el lugar del brazo rasgado ya de su vestido y grita. Llama un nombre. Y que venga.

Oímos ella y yo que alguien camina. Que él se ha movido. Que ha salido del pasillo. Lo veo y se lo digo, le digo que viene. Que se ha movido, que ha salido del pasillo. Que sus movimientos son primero secos, breves, como si ya no supiera caminar y que después se vuelven lentos, muy lentos, de una excesiva lentitud. Que viene. Que está ahí. Que veo el color azul de sus ojos que miran por encima de ella, hacia el río.



El se ha detenido ante ella, proyecta sombra sobre su forma. Por entre los párpados, ella debe percibir el oscurecimiento de la luz, la forma de su cuerpo erguido encima de ella en cuya sombra está atrapada. La tregua del abrasamiento hace que la boca aferrada al vestido se destienda. El está ahí. Con los ojos aún cerrados, ella suelta el vestido, recoge los brazos a lo largo del cuerpo por el desfiladero de las caderas, modifica la separación de las piernas, las tuerce hacia él con el fin de que él vea en ella aún más, que él vea en ella aún más que su sexo rajado en su máxima posibilidad de ser visto, que él vea otra cosa, también, a la vez, otra cosa en ella, que sobresale de ella cual boca vomitante, visceral.

El espera. Ella devuelve su rostro a la sombra con los ojos cerrados y a su vez espera. Entonces, a su vez, él lo hace.

Lo hace primero encima de la boca. El chorro se estrella en los labios, el los dientes ofrendados, salpica los ojos, el cabello y luego baja por el cuerpo, inunda los pechos, lento ya en fluir. Cuando llega al sexo se renueva, se estrella en su calor, se mezcla a su leche, espuma, y luego se agota. Los ojos de la mujer se entreabren sin mirada y vuelven a cerrarse. Verdes.



Le hablo y le digo lo que hace el hombre. Le digo también lo que es de ella. Que vea, esto es lo que deseo.

El hombre hace rodar con el pie su forma por el camino de piedras. El rostro está pegado al suelo. El hombre espera y luego vuelve a empezar, hace rodar el cuerpo de un lado a otro, con una brutalidad que apenas puede contener. Se detiene unos segundos para recobrar la calma, luego vuelve a empezar. Aleja el cuerpo para después acercarlo a él con suavidad. El cuerpo es dócil, fluido, se presta a esos tratos como si estuviera desvanecido, al parecer sin sentirlas rueda sobre las piedras y permanece allí donde llega en la posición que adquiere al detenerse el movimiento.

De pronto eso ha cesado.

La forma está hí, desmadejada, lejos de él. El hombre la mira y se acerca. Entonces, como si fuera a seguir haciéndola rodar de un lado a otro, el hombre coloca su pie encima de ella y de pronto deja de moverse.

El habría colocado su pie descalzo al azar encima de la forma, hacia el corazón, y de pronto habría dejado de moverse. La carne de los pechos es suave y cálida, se encenaga uno en ella. El hombre ya no se mueve.

El habría levantado la cabeza y habría mirado hacia el río. El sol está fijo y fuerte. El hombre mira sin ver con gran atención lo que se revela a sus ojos. Dice:

-Te amo. A ti.

El pie habría apretado el cuerpo.

Crece un tiempo, una duración, tiene esa unidad de la indefinida inmensidad. El hombre no habría sentido miedo. Sigue mirando sin ver lo que se revela a sus ojos, el deslumbramiento de la luz, el aire que tiembla.

Ella está a sus pies, al parecer con todas sus fuerzas atenta al acontecimiento en curso. Sinnun gesto, la boca aferrada al brazo sin mellar la seda del vestido, ella notaría la progresión, la presión del pie sobre el corazón. Los ojos habrían vuelto a cerrarse sobre el color entrevisto. Bajo el pie descalzo hay el lodo de una ciénega, un hervor sordo, lejano, continuo. La forma está deshecha, lacia, como quebrada, en una terrorífica inercia. El pie aprieta aún más. Se hunde, alcanza la caja torácica, aprieta aún más.

Ella ha gritado. El ha oído un grito. Tiene el tiempo de oír que el grito ya no se detiene, de oír también que desfallece. Y mientras cree disponer todavía del tiempo para elegir, el pie vacila, y pesadamente se desengasta del cuerpo, se separa del corazón bajo el impulso del grito.



El habría vuelto a desplomarse en el sillón del pasillo oscuro.


Las piernas de la mujer se habrían separado y habrían vuelto a caer, exhaustas.


Gira sobre sí misma, grita una vez más y, entre largos y lentos estertores, se debate. Su lamento grita y llora, clama aún por la liberación, que venga, y luego, bruscamente, cesa.



El sol le habría alcanzado la cintura. Veo su forma en el pasillo, está en la oscuridad, casi sin color alguno. Su cabeza ha caído sobre el respaldo del sillón. Veo que está extenuado de amor y deseo, que está de una extraordinaria palidez y que su corazón late a ras de cuerpo. Veo que tiembla. Veo lo que él no mira y que no obstante se adivina y se ve frente al pasillo, esas lomas tan bellas antes del río y esa inmensidad malva siempre sumergida en brumas que debería ser la del mar. La desnudez del llano, la orientación de la lluvia debería ser la del mar. Y ese amor tan poderoso. Lo sé, con ese amor tan poderoso. El mar es lo que no veo. Sé que está allá allende lo visible para el hombre y la mujer.

El habría visto acercarse a él al espectro del camino de piedras.

Ella habría quedado un instante apoyada en el marco de la puerta antes de penetrar en el frescor del pasillo. Ella lo habría mirado. Como ella ante él poco antes él habría permanecido ante ella con los ojos cerrados. Sus manos están inmóviles y descansan sobre el brazo del sillón. El habría llevado, lleva, un pantalón de tela azul que ha abierto y de la que sobresale ella. Tiene una forma tosca y brutal al igual que su corazón. Al igual que su corazón late. Forma de edades primarias, indiferenciada de las piedras, de los líquenes, inmemorial, plantada en el hombre en torno a la que se debate. En torno a la que se encuentra al borde de las lágrimas y grita.



Oigo que la mujer le dice al hombre:

-Te amo.

Oigo que él le contesta que lo sabe:

-Sí.

Veo que la mujer se mueve y que está a punto de dar a su vez los tres pasos que la separan de él. Veo también que él esboza un movimiento de huida y que vuelve a caer en el sillón. Luego ya no veo nada más allá de los hechos.

Ella ha llegado a su lado, se acuclilla entre sus piernas y la mira a ella, sólo a ella, en la sombra que a su vez proyecta con su cuerpo. Con esmero la pone por entero al desnudo. Separa la prenda. Extrae de ella las partes profundas. Se aparta ligeramente, la expone a la luz.

Veo que el hombre ha bajado la cabeza y la mira, que mira junto con la mujer ese espectáculo de sí mismo. Sigue latiendo en sobresaltos al ritmo del corazón. Bajo la fina piel que la recubre se extiende la trama sombría de la sangre. Está llena de gozo, pletórica de gozo, más de lo que puede contener y tan apretada en sí misma se encuentra ahora que uno vacila en tocarla.

El hombre y la mujer la miran juntos. Si bien no hagan gesto alguno hacia ella y que todavía la dejen estar.

Más allá veo también que es tierra sin árboles, tierra del norte. Que el mar debería estar quieto y cálido. Es un calor claro de aguas desteñidas. Ya no hay nubes sobre las lomas, pero sigue esa niebla lejana. Es una tierra que huye ante sí, que no deja de verse una y otra vez, un movimiento por el que jamás se detiene, jamás tiene fin.



Ella se habría acercado lentamente, habría abierto los labios y, de golpe, habría tomado entera su extremidad suave y lisa. Habría llenado la boca. Es tal el deleite que las lágrimas le invaden los ojos. Veo que nada es tan poderoso como ese deleite sino la prohibición formal de atentar contra él. Ella no puede asirla mejor sino acariciándola con precaución, la lengua entre los dientes. Lo veo: lo que se acostumbra a llevar en la mente ella lo lleva en la boca, esa cosa tosca y brutal. Ella la devora mentalmente, se alimenta de ella, se sacia mentalmente. Mientras el crimen permanece en su boca, ella no puede permitirse sino conducirlo, guiarlo hacia el gozo, los dientes a punto. Con sus manos ella la ayuda a llegar, a volver. El hombre grita. Con las manos agarradas al pelo de la mujer intenta arrancarla de aquel lugar pero ya no tiene fuerzas y ella, ella n quiere dejarlo.

El hombre. La cabeza arrebatada al cuerpo gime, celosa y entregada. Su lamento grita que llega, que vuelve a él, grita la lancinante contradicción de que se le quiera tanto. A ella, a la mujer, no le importa. Su lengua baja hacia esa otra femineidad, llega ahí donde se hace subterránea y luego vuelve a subir pacientemente hasta volver a tomar y retener una vez más en su boca lo que ha abandonado. Ella la retiene a punto de ser tragada en un movimiento de succión continua. El ya no intenta nada nuevo. Los ojos cerrados. Solo. Sin gestos, grita.

Allá arriba, el grito, el lamento se hace más agudo, es casi infantil al principio y luego se profundiza, se hace tan doloroso, tanto, que la mujer debe soltar presa. Suelta, se aparta, atrae los muslos más hacia sí, los separa y mira y respira el olor húmedo y tibio. Se demora, el rostro hundido en lo que él ignora de él, respira largamente el fétido olor.

Veo que él se deja y con ella mira otra vez. Que la mira hacer, que se entrega todo lo que puede a su deseo. Que ofrece a esa hambrienta al hombre que es. Es ahora en el pelo de la mujer donde ella sigue latiendo según los sobresaltos del corazón.

El grita suavemente un lamento de intolerable felicidad.

El cielo pasa lentamente por el rectángulo de la puerta abierta. Avanza entero, como a la lenta velocidad de la tierra. Las masas de nubes de trazado fijo son arrastradas en dirección de la inmensidad.

Con la boca abierta, los ojos cerrados, ella se encuentra en la caverna del hombre, se ha retirado en él, lejos de él, sola, en la oscuridad del cuerpo del hombre. Ya no sabe muy bien qué hace, ni qué dice, aún sigue creyendo posible hacerlo de otra manera. Besa. Allí donde reina el fétido olor besa, lame. Nombra las cosas, insulta, grita palabras en su ayuda. Y luego vuelve a callarse, a exasperarse, a ensañarse con todas sus fuerzas hasta el momento en que las manos del hombre la rechazan y la tiran al suelo. El va a su encuentro. Se tumba largo tiempo encima de ella, la penetra, permanece aún allí, sin movimientos, mientras ella llora.



Acaban de gozar. Se han separado. Durante mucho tiempo, en el suelo, nada en ellos se roza. Las baldosas están frías, refrescantes. Ella sigue llorando, por intermitencias, llanto de niña.

El se gira lentamente hacia ella y con la pierna la acerca a él. Permanecen así. El le dice que quisiera dejar de amarla. Ella no le contesta. El le dice que un día la matará.

Nada se produce sino el desorden y la inmovilidad de sus cuerpos deshechos con excepción de esa palabra que él le dice una vez más, que no tiene fin.


Están acostados en el pasillo como dormidos mientras otra cosa se prepara en el lento reflujo del deseo. Con gestos apenas perceptibles vuelven a acercarse. Las pieles, los sudores que se tocan, los rostros, la boca de ella reencontrada por él. Permanecen así, trastocados, a la espera. Luego ella dice que desea ser golpeada, dice que en la cara, se lo pide a él, ven. El lo hace, va, se sienta a su lado y la mira otra vez. Ella dice: golpeada, con fuerza, como antes en el corazón. Dice que quisiera morir.

Así es, el rectángulo de la puerta abierta está ocupado por el cuerpo sentado del hombre quese dispone a golpear.



De la indefinida inmensidad llega un niebla, un color violeta ya encontrado en caminos de otros lugares, de otros ríos, en monzones muy lejanos de la lluvia.



La mano del hombre se yergue, vuelve a caer y empieza a abofetear. Primero suave luego secamente.

La mano abofetea la comisura de los labios luego, siempre con más fuerza, abofetea contra los dientes. Ella dice que sí, que eso es. Vuelve a levantar la cara con el fin de mejor ofrecerla a los golpes, la distiende, más a merced de su mano, más material.

Tras diez minutos, se habrán instalado los dos en una precisión paralela. El golpea siempre con más fuerza.

La mano baja, golpea los pechos, el cuerpo. Ella dice que sí, que eso es. Sus ojos lloran. La mano pega, golpea, siempre más firme está a punto de alcanzar una velocidad mecánica.

El rostro se ha vaciado de toda expresión, atolondrado, ya no se resiste en absoluto, desbaratado, se mueve a voluntad alrededor del cuello como algo muerto.

Veo que el cuerpo asimismo se deja golpear, que está entregado, ajeno a todo dolor. Que el hombre insulta y golpea. Y luego de pronto los gritos, el miedo.

Y luego veo que esa gente ha quedado sumergida por el silencio.


Veo cómo llega el color violeta, cómo alcanza la desembocadura del río, cómo se ha encapotado el cielo, cómo se ha detenido en su lento recorrido hacia la inmensidad. Veo que otros miran, otras mujeres, que otras mujeres ahora muertas miraron asimismo formarse y deshacerse monzones de verano ante ríos bordeados de sombríos arrozales, frente a vastas y profundas desembocaduras. Veo cómo del color violeta llega una tormenta de verano.

Veo que el hombre llora acostado encima de la mujer. No veo de ella sino inmovilidad. Lo ignoro, no sé nada, no sé si duerme.





*El hombre sentado en el pasillo
Marguerite Duras (traducción de Beatriz de Moura)
4ª edición, 1996. Barcelona.
Tusquets Ediciones. Colección La sonrisa vertical nr. 34.

La compuerta número 12 (Baldomero Lillo)


Baldomerlo Lillo (Nace: Lota, Chile el 6 de enero de 1867 - Muere: Santiago de Chile el 23 de septiembre de 1923)



Sus narraciones, siempre con un gran contenido social, tienen la intensidad de un grito de protesta, cuya resonancia, a pesar de los progresos técnicos, no se ha extinguido.



La compuerta número 12 
Publicado en Sub-terra: cuadros mineros (1904)



Pablo se aferró instintivamente a las piernas de su padre. Zumbábanle los oídos y el piso que huía debajo de sus pies le producía una extraña sensación de angustia. Creíase precipitado en aquel agujero cuya negra abertura había entrevisto al penetrar en la jaula, y sus grandes ojos miraban con espanto las lóbregas paredes del pozo en el que se hundían con vertiginosa rapidez. En aquel silencioso descenso sin trepidación ni más ruido que el del agua goteando sobre la techumbre de hierro las luces de las lámparas parecían prontas a extinguirse y a sus débiles destellos se delineaban vagamente en la penumbra las hendiduras y partes salientes de la roca; una serie interminable de negras sombras que volaban como saetas hacia lo alto.

Pasado un minuto, la velocidad disminuyó bruscamente, los pies asentáronse con más solidez en el piso fugitivo y el pesado armazón de hierro, con un áspero rechinar de goznes y de cadenas, quedó inmóvil a la entrada de la galería.El viejo tomó de la mano al pequeño y juntos se internaron en el negro túnel. Eran de los primeros en llegar y el movimiento de la mina no empezaba aún. De la galería bastante alta para permitir al minero erguir su elevada talla, sólo se distinguía parte de la techumbre cruzada por gruesos maderos. Las paredes laterales permanecían invisibles en la oscuridad profunda que llenaba la vasta y lóbrega excavación.

A cuarenta metros del pique se detuvieron ante una especie de gruta excavada en la roca. Del techo agrietado, de color de hollín, colgaba un candil de hoja de lata cuyo macilento resplandor daba a la estancia la apariencia de una cripta enlutada y llena de sombras. En el fondo, sentado delante de una mesa, un hombre pequeño, ya entrado en años, hacía anotaciones en un enorme registro. Su negro traje hacía resaltar la palidez del rostro surcado por profundas arrugas. Al ruido de pasos levantó la cabeza y fijó una mirada interrogadora en el viejo minero, quien avanzó con timidez, diciendo con voz llena de sumisión y de respeto:

-Señor, aquí traigo el chico.

Los ojos penetrantes del capataz abarcaron de una ojeada el cuerpecillo endeble del muchacho. Sus delgados miembros y la infantil inconsciencia del moreno rostro en el que brillaban dos ojos muy abiertos como de medrosa bestezuela, lo impresionaron desfavorablemente, y su corazón endurecido por el espectáculo diario de tantas miserias, experimentó una piadosa sacudida a la vista de aquel pequeñuelo arrancado de sus juegos infantiles y condenado, como tantas infelices criaturas, a languidecer miserablemente en las humildes galerías, junto a las puertas de ventilación. Las duras líneas de su rostro se suavizaron y con fingida aspereza le dijo al viejo que muy inquieto por aquel examen fijaba en él una ansiosa mirada:

-¡Hombre! Este muchacho es todavía muy débil para el trabajo. ¿Es hijo tuyo?
-Sí, señor.
-Pues debías tener lástima de sus pocos años y antes de enterrarlo aquí enviarlo a la escuela por algún tiempo.
-Señor -balbuceó la voz ruda del minero en la que vibraba un acento de dolorosa súplica-. Somos seis en casa y uno solo el que trabaja, Pablo cumplió ya los ocho años y debe ganar el pan que come y, como hijo de mineros, su oficio será el de sus mayores, que no tuvieron nunca otra escuela que la mina.

Su voz opaca y temblorosa se extinguió repentinamente en un acceso de tos, pero sus ojos húmedos imploraban con tal insistencia, que el capataz vencido por aquel mudo ruego llevó a sus labios un silbato y arrancó de él un sonido agudo que repercutió a lo lejos en la desierta galería. Oyóse un rumor de pasos precipitados y una oscura silueta se dibujó en el hueco de la puerta.

-Juan -exclamó el hombrecillo, dirigiéndose al recién llegado- lleva este chico a la compuerta número doce, reemplazará al hijo de José, el carretillero, aplastado ayer por la corrida.

Y volviéndose bruscamente hacia el viejo, que empezaba a murmurar una frase de agradecimiento, díjole con tono duro y severo:

-He visto que en la última semana no has alcanzado a los cinco cajones que es el mínimum diario que se exige a cada barretero. No olvides que si esto sucede otra vez, será preciso darte de baja para que ocupe tu sitio otro más activo.

Y haciendo con la diestra un ademán enérgico, lo despidió. Los tres se marcharon silenciosos y el rumor de sus pisadas fue alejándose poco a poco en la oscura galería. Caminaban entre dos hileras de rieles cuyas traviesas hundidas en el suelo fangoso trataban de evitar alargando o acortando el paso, guiándose por los gruesos clavos que sujetaban las barras de acero. El guía, un hombre joven aún, iba delante y más atrás con el pequeño Pablo de la mano seguía el viejo con la barba sumida en el pecho, hondamente preocupado. Las palabras del capataz y la amenaza en ellas contenida habían llenado de angustia su corazón. Desde algún tiempo su decadencia era visible para todos; cada día se acercaba más el fatal lindero que una vez traspasado convierte al obrero viejo en un trasto inútil dentro de la mina. El balde desde el amanecer hasta la noche durante catorce horas mortales, revolviéndose como un reptil en la estrecha labor, atacaba la hulla furiosamente, encarnizándose contra el filón inagotable, que tantas generaciones de forzados como él arañaban sin cesar en las entrañas de la tierra.

Pero aquella lucha tenaz y sin tregua convertía muy pronto en viejos decrépitos a los más jóvenes y vigorosos. Allí en la lóbrega madriguera húmeda y estrecha, encorvábanse las espaldas y aflojábanse los músculos y, como el potro resabiado que se estremece tembloroso a la vista de la vara, los viejos mineros cada mañana sentían tiritar sus carnes al contacto de la vena. Pero el hambre es aguijón más eficaz que el látigo y la espuela, y reanudaban taciturnos la tarea agobiadora, y la veta entera acribillada por mil partes por aquella carcoma humana, vibraba sutilmente, desmoronándose pedazo a pedazo, mordida por el diente cuadrangular del pico, como la arenisca de la ribera a los embates del mar. La súbita detención del guía arrancó al viejo de sus tristes cavilaciones. Una puerta les cerraba el camino en aquella dirección, y en el suelo arrimado a la pared había un bulto pequeño cuyos contornos se destacaban confusamente heridos por las luces vacilantes de las lámparas: era un niño de diez años acurrucado en un hueco de la muralla. Con los codos en las rodillas y el pálido rostro entre las manos enflaquecidas, mudo e inmóvil, pareció no percibir a los obreros que traspusieron el umbral y lo dejaron de nuevo sumido en la obscuridad. Sus ojos abiertos, sin expresión, estaban fijos obstinadamente hacia arriba, absortos tal vez, en la contemplación de un panorama imaginario que, como el miraje del desierto, atraía sus pupilas sedientas de luz, húmedas por la nostalgia del lejano resplandor del día.Encargado del manejo de esa puerta, pasaba las horas interminables de su encierro sumergido en un ensimismamiento doloroso, abrumado por aquella lápida enorme que abogó para siempre en él la inquieta y grácil movilidad de la infancia, cuyos sufrimientos dejan en el alma que los comprende una amargura infinita y un sentimiento de execración acerbo por el egoísmo y la cobardía humanos.

Los dos hombres y el niño después de caminar algún tiempo por un estrecho corredor, desembocaron en una alta galería de arrastre de cuya techumbre caía una lluvia continua de gruesas gotas de agua. Un ruido sordo y lejano, como si un martillo gigantesco golpease sobre sus cabezas la armadura del planeta, escuchábase a intervalos. Aquel rumor, cuyo origen Pablo no acertaba a explicarse, era el choque de las olas en las rompientes de la costa. Anduvieron aún un corto trecho y se encontraron por fin delante
de la compuerta número doce.

-Aquí es -dijo el guía, deteniéndose junto a la hoja de tablas que giraba sujeta a un marco de madera incrustado en una roca.

Las tinieblas eran tan espesas que las rojizas luces de las lámparas, sujetas a las viseras de las gorras de cuero, apenas dejaban entrever aquel obstáculo. Pablo, que no se explicaba ese alto repentino, contemplaba silencioso a sus acompañantes, quienes, después de cambiar entre sí algunas palabras breves y rápidas, se pusieron a enseñarle con jovialidad y empeño el manejo de la compuerta. El rapaz, siguiendo sus indicaciones, la abrió y cerró repetidas veces, desvaneciendo la incertidumbre del padre que temía que las fuerzas de su hijo no bastasen para aquel trabajo.

El viejo manifestó su contento, pasando la callosa mano por la inculta cabellera de su primogénito, quien hasta allí no había demostrado cansancio ni inquietud. Su juvenil imaginación impresionada por aquel espectáculo nuevo y desconocido se hallaba aturdida, desorientada. Parecíale a veces que estaba en un cuarto a oscuras y creía ver a cada instante abrirse una ventana y entrar por ella los brillantes rayos del sol., y aunque su inexperto corazoncito no experimentaba ya la angustia que le asaltó en el pozo de bajada, aquellos mimos y caricias a que no estaba acostumbrado despertaron su desconfianza. Una luz brilló a lo lejos en la galería y luego se oyó el chirrido de las ruedas sobre la vía, mientras un trote pesado y rápido hacía retumbar el suelo.

-¡Es la corrida! -exclamaron a un tiempo los dos hombres.

-Pronto, Pablo -dijo el viejo-, a ver cómo cumples tu obligación.

El pequeño con los puños apretados apoyó su diminuto cuerpo contra la hoja que cedió lentamente hasta tocar la pared. Apenas efectuada esta operación, un caballo oscuro, sudoroso y jadeante, cruzó rápido delante de ellos, arrastrando un pesado tren cargado de mineral. Los obreros se miraron satisfechos. El novato era ya un portero experimentado, y el viejo, inclinando su alta estatura, empezó a hablarle zalameramente: él no era ya un chicuelo, como los que quedaban allá arriba que lloran por nada y están siempre cogidos de las faldas de las mujeres, sino un hombre, un valiente, nada menos que un obrero, es decir, un camarada a quien había que tratar como tal. Y en breves frases le dio a entender que les era forzoso dejarlo solo; pero que no tuviese miedo, pues había en la mina muchísimos otros de su edad, desempeñando el mismo trabajo; que él estaba cerca y vendría a verlo de cuando en cuando, y una vez terminada la faena regresarían juntos a casa. Pablo oía aquello con espanto creciente y por toda respuesta se cogió con ambas manos de la blusa del minero. Hasta entonces no se había dado cuenta exacta de lo que se exigía de él. El giro inesperado que tomaba lo que creyó un simple paseo, le produjo un miedo cerval, y dominado por un deseo vehementísimo de abandonar aquel sitio, de ver a su madre y a sus hermanos y de encontrarse otra vez a la claridad del día, sólo contestaba a las afectuosas razones de su padre con un "¡vamos!" quejumbroso y lleno de miedo. Ni promesas ni amenazas lo convencían, y el "¡vamos, padre!", brotaba de sus labios cada vez más dolorido y apremiante. Una violenta contrariedad se pintó en el rostro del viejo minero; pero al ver aquellos ojos llenos de lágrimas, desolados y suplicantes, levantados hacia él, su naciente cólera se trocó en una piedad infinita: ¡era todavía tan débil y pequeño! Y el amor paternal
adormecido en lo íntimo de su ser recobró de súbito su fuerza avasalladora.

El recuerdo de su vida, de esos cuarenta años de trabajos y sufrimientos, se presentó de repente a su imaginación, y con honda congoja comprobó que de aquella labor inmensa sólo le restaba un cuerpo exhausto que tal vez muy pronto arrojarían de la mina como un estorbo, y al pensar que idéntico destino aguardaba a la triste criatura, le acometió de improviso un deseo imperioso de disputar su presa a ese monstruo insaciable, que arrancaba del regazo de las madres los hijos apenas crecidos para convertirlos en esos parias, cuyas espaldas reciben con el mismo estoicismo el golpe brutal del amo y las caricias de la roca en las inclinadas galerías.Pero aquel sentimiento de rebelión que empezaba a germinar en él se extinguió repentinamente ante el recuerdo de su pobre hogar y de los seres hambrientos y desnudos de los que era el único sostén, y su vieja experiencia le demostró lo insensato de su quimera. La mina no soltaba nunca al que había cogido, y como eslabones nuevos que se sustituyen a los viejos y gastados de una cadena sin fin, allí abajo los hijos sucedían a los padres, y en el hondo pozo el subir y bajar de aquella marca viviente no se interrumpiría jamás. Los pequeñuelos respirando el aire emponzoñado de la mina crecían raquíticos, débiles, paliduchos, pero había que resignarse, pues para eso habían nacido. Y con resuelto ademán el viejo desenrolló de su cintura una cuerda delgada y fuerte y a pesar de la resistencia y súplicas del niño lo ató con ella por mitad del cuerpo y aseguró, en seguida, la otra extremidad en un grueso perno incrustado en la roca. Trozos de cordel adheridos a aquel hierro indicaban que no era la primera vez que prestaba un servicio semejante. La criatura medio muerta de terror lanzaba gritos penetrantes de pavorosa angustia, y hubo que emplear la violencia para arrancarla de entre las piernas del padre, a las que se había asido con todas sus fuerzas. Sus ruegos y clamores llenaban la galería, sin que la tierna víctima, más desdichada que el bíblico Isaac, oyese una voz amiga que detuviera el brazo paternal armado contra su propia carne, por el crimen y la iniquidad de los hombres.

Sus voces llamando al viejo que se alejaba tenían acentos tan desgarradores, tan hondos y vibrantes, que el infeliz padre sintió de nuevo flaquear su resolución. Mas, aquel desfallecimiento sólo duró un instante, y tapándose los oídos para no escuchar aquellos gritos que le atenaceaban las entrañas, apresuró la marcha apartándose de aquel sitio. Antes de abandonar la galería, se detuvo un instante, y escuchó: una vocecilla tenue como un soplo clamaba allá muy lejos, debilitada por la distancia:


-¡Madre! ¡Madre!

Entonces echó a correr como un loco, acosado por el doliente vagido, y no se detuvo sino cuando se halló delante de la vena, a la vista de la cual su dolor se convirtió de pronto en furiosa ira y, empuñando el mango del pico, la atacó rabiosamente. En el duro bloque caían los golpes como espesa granizada sobre sonoros cristales, y el diente de acero se hundía en aquella masa negra y brillante, arrancando trozos enormes que se amontonaban entre las piernas del obrero, mientras un polvo espeso cubría como un velo la vacilante luz de la lámpara. Las cortantes aristas del carbón volaban con fuerza, hiriéndole el rostro, el cuello y el pecho desnudo. Hilos de sangre mezclábanse al copioso sudor que inundaba su cuerpo, que penetraba como una cuña en la brecha abierta, ensanchándose con el afán del presidiario que horada el muro que lo oprime; pero sin la esperanza que alienta y fortalece al prisionero: hallar al fin de la jornada una vida nueva, llena de sol, de aire y de libertad.



Cada cosa es Babel (Eduardo Lizalde)

Eduardo Lizalde (Nace: Ciudad de México, 14 de julio de 1929)


Premio Xavier Villaurrutia 1970 por El tigre en la casa

Premio Nacional de Poesía Aguascalientes 1974

Premio Nacional de Lingüística y Literatura 1988

Premio Iberoamericano Ramón López Velarde 2002

Medalla de Oro de Bellas Artes, 2009

Premio Internacional Alfonso Reyes 2011

Premio Federico García Lorca 2013




Cada cosa es Babel (fragmento)
Publicado en Cada cosa es Babel (1966) *


1.

Dime tu nombre, cosa,
tu desnudo tejido
por el nombre y sus cáñamos seguros.
Bestia que el solo grito de su cazador
ya enjaula,
mosca en su claustro edénico de miel,
oveja ensoñada por el copo
de su ovillo futuro.

Cosa, cómo te llamas.
Si el nombre humea por tu cuerpo
como la trepadora escrita,
la hiedra de frutos salivares
urdida flor a flor con tu materia
-como trabando el agua con el vidrio
sin romper el agua-,
sí te llamas entonces, ente bautizado
que la lengua pule en su taller sonoro.

Cosa veloz, coherente o desarticulada:
te llamas ángel, col, ruina o memoria.
No eres más sin embargo,
nada se te agrega
por tener ese nombre que te lame
como un halo de oliva
o una guirnalda de avispas transparentes
sobre tu cuerpo sudoroso de existencia.

Cosa nombrada, ya existías
antes de llamarte incluso
con la palabra cosa.
En la brega del ojo vuelto filos,
el roce de la música y el tacto
ganaste el nombre: una sirena
del gesto y la palabra.

Cosa menor, ajena, cotidiana
o sin medidas, lampo corpóreo,
bloque vivo del sueño,
espectro arenoso, y azul, de la vigilia.
Mira correr la turba de tus nombres
en distintos idiomas
-cada cosa es Babel-,
como cayendo de un rostro con lengua dividida
por setenta navajas.
Mírate atravesar sin daño alguno
por éstos que se vierten sobre ti,
vinagre en áureas copas,
grito loco del saurio para tu cuerpo de grulla.

Ándate, como perro perdido
entre esos nombres: Negro,
Tritón, Berganza, Hueleandando.
Cómo te envuelven sin tacto
y sin olor
en una sorda estela
de enceguecida mole
que al fin hiendes inmóvil o encallada,
buque de cristal en río de aceite.
Y en cambio mira el mar del nombre
que mereces llevar:
pega en tus carnes,
arroja nidos de cangrejos en tus aledaños,
fabrica o reconstruye con tu arena
viejos monstruos diluidos,
forja serpientes de metal
con los anillos extraviados,
divide en dos tu pecho,
clava firmes tornillos de acero en tu algodón
-espada en leche-
y afianza las espuelas
en tus piernas y brazos,
te envuelve, te cabalga
como un segundo cuerpo;

pinta de su color,
furioso tejo de anilina,
la atmósfera que incendias:


-mira, una lámpara, decimos
jaula de luz o rayo en vacaciones
que levita en la sala
como el jugo más dulce del pincel;

y aquellos dos tinteros,
negrura sin azogue reflejada,
lágrimas de calamar
que la amargura del océano momifica;

la luciérnaga y su esperma al rojo vivo
que engendra carne y luz organizadas,
como el fruto portentoso que daría el lirio
si pudiera;
el ceño de esta joven rubia,
tan fruncido
que genera fibromas bajo la sien de esmalte.

Ésta es la cosa muda, el trino degollado
que me lleva por nombre
dice el nombre, un aura,
y propala esa gloria,
esta sazón de mago en la cocina,
denso estar de la cosa entre las cosas,
por el mundo.
2.

Nombra el poeta
con un silencio ante la cosa oscura,
con un grito ante el objeto luminoso.

Pero ¿qué cosa dicen de las cosas los nombres?
¿Se conoce al gallo por la cresta
guerrera de su nombre, gallo?
¿Dice mi nombre, Eduardo, algo de mi?
Cuando nací ya estaba creado el nombre,
mi nombre,
pero creció conmigo
como un zarzal de letras,
penetró en la sangre
que llenaba apenas el fondo de la copa,
tiburón en playas bajas.
Fue prendiendo sus garfios en mi cuerpo,
se enredó con mis vísceras,
infló un segundo, verde corazón
junto al mío.

El nombre deja marca,
trastorna el laberinto digital,
cicatriza y se abre
su herida terminada en o,
como la piel del lago con la quilla
de la palabra guijarro.
Y nada, pese a todo, dice el nombre de mí.
Tener nombre no es nada, cosa en el vuelo.

Las relaciones de cosas,
los idilios librados entre cosas,
los privadísimos odios
entre la dalia y la silla,
los parentescos de sangre establecidos
entre el felpudo verde y los poemas
de Gonzalo de Berceo,
la sospechosa bastardía
del plumero en la jaula de los leones
¿tienen su nombre?

Cosa desnuda,
transparente a fuerza de proyectar
sin nombre su materia.

Cosa en escape
como el vuelo extremado más veloz que el vuelo
o caza sin alcance.

He aquí la cosa para nombrar, poeta:
nombre del pan que tiembla ante el cuchillo,
del cuadro en que el terremoto
altera el ojo y el pincel,
del crimen y el asado de ternera.


* Su libro de poesía Cada cosa es Babel es un extenso y original poema dedicado a explorar el abismo que media entre la palabra y la cosa nombrada.


lunes, 24 de febrero de 2014

Canarios (Yasunari Kawabata)


川端 康成 Kawabata Yasunari (Nace: Osaka, Japón 14 de junio de 1899 - Muere: Zushi, Japón el 16 de abril de 1972)


Medalla Goethe en Frankfurt, 1959. 
Premio Nobel de literatura, 1968
Kawabata biography. Nobel Prizes












Canarios (Kanariya)

Publicado en Historias en la palma de la mano (1968)



Señora:

Me veo obligado a romper mi promesa y una vez más le escribo una carta.

Ya no puedo tener conmigo por más tiempo los canarios que recibí de usted el año pasado. Era mi mujer la que siempre los cuidaba. Yo me limitaba a mirarlos, a pensar en usted cuando los observaba.

Fue usted quien dijo, ¿no fue así?: “Usted tiene una mujer y yo un marido. Dejemos de vernos. Si por lo menos usted no tuviera mujer. Le entrego estos canarios para que me recuerde. Obsérvelos. Ellos son ahora una pareja, pero el vendedor simplemente tomó un macho y una hembra al azar y los metió en una jaula. Los canarios en sí no tuvieron nada que ver. De todos modos, por favor recuérdeme a través de estos pájaros. Tal vez sea desagradable entregar criaturas vivas como recuerdo, pero nuestra memoria también está viva. Algún día los canarios se morirán. Y, cuando llegue el momento de que mueran nuestros mutuos recuerdos, dejémoslos morir”.
Ahora los canarios parecen estar al borde de la muerte. La que los cuidaba ya no está. Un pintor como yo, negligente y pobre, es incapaz de hacerse cargo de estos frágiles pájaros. Lo diré claramente. Mi mujer se ocupaba de los pájaros, y ahora está muerta. Y como ella ha muerto, me pregunto si también los pájaros morirán. Y si así es, ¿era mi mujer la que me traía recuerdos de usted?

Hasta se me ocurrió dejarlos libres pero, desde la muerte de mi mujer, sus alas parecen haberse debilitado repentinamente. Además, estos pájaros no saben lo que es el cielo. Este par no tiene otra compañía en la ciudad ni en los bosques cercanos donde reunirse con otros. Y si acaso uno se fuera volando por su cuenta, morirían separados. En aquel entonces, usted aseguró que el hombre del negocio de mascotas simplemente había tomado un macho y una hembra al azar y los había metido en una jaula.

Y a propósito, no quiero vendérselos a un pajarero pues usted me los dio a mí. Y tampoco quiero regresárselos a usted, pues fue mi mujer la que los cuidaba. Por otra parte, estos pájaros – de los que probablemente ya se haya olvidado – serían una molestia para usted.

Lo diré de nuevo. Fue porque mi mujer estaba aquí que los pájaros han vivido hasta el día de hoy – sirviendo como recuerdo suyo. Por eso, señora, deseo que estos canarios la sigan a ella en la muerte. Mantener su memoria viva no fue lo único que hizo mi mujer. ¿Cómo pude amar a una mujer como usted?¿No fue acaso porque mi mujer permaneció conmigo? Mi mujer me hizo olvidar todo el sufrimiento. Ella evitaba mirar la otra mitad de mi vida. Si ella no lo hubiera hecho, seguramente yo habría desviado mis ojos o habría desalentado mi mirada ante una mujer como usted.

Señora, ¿no es correcto, entonces, que mate a los canarios y los entierre en la tumba de mi mujer?





Historias en la palma de la mano "estas historias reflejan el concentrado interés del autor japonés por la miniatura, el fragmento de argumentos reducidos a lo esencial y la escritura relámpago. En Historias en la palma de la mano conviven la soledad, el amor, el paso del tiempo, los rituales y la muerte. Este conjunto de relatos captura el rango inigualable y la complejidad de uno de los más grandes talentos literarios del siglo xx. (cita)


Las líneas de la mano (Julio Cortázar)

Julio Cortázar (Nace: Ixelles, Bruselas, 26 de agosto de 1914 - París, 12 de febrero de 1984) escritor y traductor argentino nacido en Bélgica. Optó por la nacionalidad francesa en 1981, en protesta contra el gobierno argentino.



En 1984 la Fundación Konex le otorgó posmórtem el Premio Konex de Honor por su gran aporte a la historia de la literatura argentina.
La Universidad de Guadalajara (México), inauguró, el 12 de octubre de 1994, la Cátedra Latinoamericana Julio Cortázar, en honor al escritor. Dicha inauguración contó con la presencia del escritor mexicano Carlos Fuentes, del colombiano Gabriel García Márquez y de la viuda de Cortázar, Aurora Bernárdez. Esta cátedra rinde homenaje a la memoria, la persona, la obra y las preocupaciones intelectuales que rigieron la vida del argentino.







Las líneas de la mano

Publicado en Historias de Cronopios y de Famas (1962)


Sandra Peredo ®


De una carta tirada sobre la mesa sale una línea que corre por la plancha de pino y baja por una pata. Basta mirar bien para descubrir que la línea continúe por el piso de parqué, remonta el muro, entra en una lámina que reproduce un cuadro de Boucher, dibuja la espalda de una mujer reclinada en un diván, y por fin escapa de la habitación por el techo y desciende en la cadena del pararrayos hasta la calle. Ahí es difícil seguirla a causa del tránsito pero con atención se la verá subir por una rueda del autobús estacionado en la esquina y que lleva al puerto. Allí baja por la media de nilón cristal de la pasajera más rubia, entra en el territorio hostil de las aduanas, rampa y repta y zigzaguea hasta el muelle mayor, y allí (pero es difícil verla, sólo las ratas la siguen para trepar a bordo) sube al barco de turbinas sonoras, corre por las planchas de la cubierta de primera clase, salva con dificultad la escotilla mayor, y en una cabina donde un hombre triste bebe coñac y escucha la sirena de partida, remonta por la costura del pantalón, por el chaleco de punto, se desliza hasta el codo, y con un último esfuerzo se guarece en la palma de la mano derecha, que en ese instante empieza a cerrarse sobre la culata de una pistola.





Parábola del trueque (Juan José Arreola)

Juan José Arreola Zúñiga (Nace: Zapotlán el Grande —hoy Ciudad Guzmán—, Jalisco, 21 de septiembre de 1918 - Muere: Guadalajara, Jalisco, 3 de diciembre de 2001) escritor, académico y editor mexicano.



Premio del Festival Dramático del Instituto Nacional de Bellas Artes, 1955.
Premio Xavier Villaurrutia, 1963.
Premio Nacional de Periodismo de México en divulgación cultural por su trabajo en Canal 13 (canal estatal en esa época), 1977.
Premio Jalisco de Letras, 1989.
Premio de Literatura Latinoamericana y del Caribe Juan Rulfo, 1992.
Premio Internacional Alfonso Reyes, 1995.
Premio Ramón López Velarde, 1998.








Parábola del trueque

Publicada en Confabulario (1952)

Al grito de «¡Cambio esposas viejas por nuevas!» el mercader recorrió las calles del pueblo arrastrando su convoy de pintados carromatos.

Las transacciones fueron muy rápidas, a base de unos precios inexorablemente fijos. Los interesados recibieron pruebas de calidad y certificados de garantía, pero nadie pudo escoger. Las mujeres, según el comerciante, eran de veinticuatro quilates. Todas rubias y todas circasianas. Y más que rubias, doradas como candeleros.

Al ver la adquisición de su vecino, los hombres corrían desaforados en pos del traficante. Muchos quedaron arruinados. Sólo un recién casado pudo hacer cambio a la par. Su esposa estaba flamante y no desmerecía ante ninguna de las extranjeras. Pero no era tan rubia como ellas.

Yo me quedé temblando detrás de la ventana, al paso de un carro suntuoso. Recostada entre almohadones y cortinas, una mujer que parecía un leopardo me miró deslumbrante, como desde un bloque de topacio. Presa de aquel contagioso frenesí, estuve a punto de estrellarme contra los vidrios. Avergonzado, me aparté de la ventana y volví el rostro para mirar a Sofía.

Ella estaba tranquila, bordando sobre un nuevo mantel las iniciales de costumbre. Ajena al tumulto, ensartó la aguja con sus dedos seguros. Sólo yo que la conozco podía advertir su tenue, imperceptible palidez. Al final de la calle, el mercader lanzó por último la turbadora proclama: «¡Cambio esposas viejas por nuevas!». Pero yo me quedé con los pies clavados en el suelo, cerrando los oídos a la oportunidad definitiva. Afuera, el pueblo respiraba una atmósfera de escándalo.

Sofía y yo cenamos sin decir una palabra, incapaces de cualquier comentario.

-¿Por qué no me cambiaste por otra? -me dijo al fin, llevándose los platos.

No pude contestarle, y los dos caímos más hondo en el vacío. Nos acostamos temprano, pero no podíamos dormir. Separados y silenciosos, esa noche hicimos un papel de convidados de piedra.

Desde entonces vivimos en una pequeña isla desierta, rodeados por la felicidad tempestuosa. El pueblo parecía un gallinero infestado de pavos reales. Indolentes y voluptuosas, las mujeres pasaban todo el día echadas en la cama. Surgían al atardecer, resplandecientes a los rayos del sol, como sedosas banderas amarillas.

Ni un momento se separaban de ellas los maridos complacientes y sumisos. Obstinados en la miel, descuidaban su trabajo sin pensar en el día de mañana.

Yo pasé por tonto a los ojos del vecindario, y perdí los pocos amigos que tenía. Todos pensaron que quise darles una lección, poniendo el ejemplo absurdo de la fidelidad. Me señalaban con el dedo, riéndose, lanzándome pullas desde sus opulentas trincheras. Me pusieron sobrenombres obscenos, y yo acabé por sentirme como una especie de eunuco en aquel edén placentero.

Por su parte, Sofía se volvió cada vez más silenciosa y retraída. Se negaba a salir a la calle conmigo, para evitarme contrastes y comparaciones. Y lo que es peor, cumplía de mala gana con sus más estrictos deberes de casada. A decir verdad, los dos nos sentíamos apenados de unos amores tan modestamente conyugales.

Su aire de culpabilidad era lo que más me ofendía. Se sintió responsable de que yo no tuviera una mujer como las de otros. Se puso a pensar desde el primer momento que su humilde semblante de todos los días era incapaz de apartar la imagen de la tentación que yo llevaba en la cabeza. Ante la hermosura invasora, se batió en retirada hasta los últimos rincones del mudo resentimiento. Yo agoté en vano nuestras pequeñas economías, comprándole adornos, perfumes, alhajas y vestidos.

-¡No me tengas lástima!

Y volvía la espalda a todos los regalos. Si me esforzaba en mimarla, venía su respuesta entre lágrimas:

-¡Nunca te perdonaré que no me hayas cambiado!

Y me echaba la culpa de todo. Yo perdía la paciencia. Y recordando a la que parecía un leopardo, deseaba de todo corazón que volviera a pasar el mercader.

Pero un día las rubias comenzaron a oxidarse. La pequeña isla en que vivíamos recobró su calidad de oasis, rodeada por el desierto. Un desierto hostil, lleno de salvajes alaridos de descontento. Deslumbrados a primera vista, los hombres no pusieron realmente atención en las mujeres. Ni les echaron una buena mirada, ni se les ocurrió ensayar su metal. Lejos de ser nuevas, eran de segunda, de tercera, de sabe Dios cuántas manos... El mercader les hizo sencillamente algunas reparaciones indispensables, y les dio un baño de oro tan bajo y tan delgado, que no resistió la prueba de las primeras lluvias.

El primer hombre que notó algo extraño se hizo el desentendido, y el segundo también. Pero el tercero, que era farmacéutico, advirtió un día entre el aroma de su mujer, la característica emanación del sulfato de cobre. Procediendo con alarma a un examen minucioso, halló manchas oscuras en la superficie de la señora y puso el grito en el cielo.

Muy pronto aquellos lunares salieron a la cara de todas, como si entre las mujeres brotara una epidemia de herrumbre. Los maridos se ocultaron unos a otros las fallas de sus esposas, atormentándose en secreto con terribles sospechas acerca de su procedencia. Poco a poco salió a relucir la verdad, y cada quien supo que había recibido una mujer falsificada.

El recién casado que se dejó llevar por la corriente del entusiasmo que despertaron los cambios, cayó en un profundo abatimiento. Obsesionado por el recuerdo de un cuerpo de blancura inequívoca, pronto dio muestras de extravío. Un día se puso a remover con ácidos corrosivos los restos de oro que había en el cuerpo de su esposa, y la dejó hecha una lástima, una verdadera momia.

Sofía y yo nos encontramos a merced de la envidia y del odio. Ante esa actitud general, creí conveniente tomar algunas precauciones. Pero a Sofía le costaba trabajo disimular su júbilo, y dio en salir a la calle con sus mejores atavíos, haciendo gala entre tanta desolación. Lejos de atribuir algún mérito a mi conducta, Sofía pensaba naturalmente que yo me había quedado con ella por cobarde, pero que no me faltaron las ganas de cambiarla.

Hoy salió del pueblo la expedición de los maridos engañados, que van en busca del mercader. Ha sido verdaderamente un triste espectáculo. Los hombres levantaban al cielo los puños, jurando venganza. Las mujeres iban de luto, lacias y desgreñadas, como plañideras leprosas. El único que se quedó es el famoso recién casado, por cuya razón se teme. Dando pruebas de un apego maniático, dice que ahora será fiel hasta que la muerte lo separe de la mujer ennegrecida, ésa que él mismo acabó de estropear a base de ácido sulfúrico.

Yo no sé la vida que me aguarda al lado de una Sofía quién sabe si necia o si prudente. Por lo pronto, le van a faltar admiradores. Ahora estamos en una isla verdadera, rodeada de soledad por todas partes. Antes de irse, los maridos declararon que buscarán hasta el infierno los rastros del estafador. Y realmente, todos ponían al decirlo una cara de condenados.

Sofía no es tan morena como parece. A la luz de la lámpara, su rostro dormido se va llenando de reflejos. Como si del sueño le salieran leves, dorados pensamientos de orgullo.